Cuando me
gritó “¡¿que la calle es tuya?!”, comprendí que el capitalismo, o la
modernidad, o el progreso, o lo que sea, a pesar de todas sus artimañas no
había logrado domesticar la rebeldía Diaguita, donde parece que todo es de
todos y nadie se debe arrogar el mote de Dueño, tal vez porque los Dueños,
ponele, como los amores, van y vienen.
Había
decidido ir al centro de la ciudad de San Miguel de Tucumán en auto. Error,
pero ya era tarde, la impaciencia le había ganado a la Línea 5 de colectivos,
que parece andaba perdida por una dimensión desconocida. Debía llegar en
horario a la Anses y demostrar, una vez más, que existo. ¿Qué será la
existencia?, me preguntaba antes de salir, peinándome frente al espejo y
riéndome de aquel día, también en la Anses, cuando a la chica que atendía le
dije: “creo que no estoy muerto”, queriendo pasar por simpático, y ella
mirándome con tal cara de embole que parecía le habían escondido las galletitas
dulces. Esa vez duró poco el trámite y, como dice el tango, “nuestros ojos no
volvieron a encontrarse”.
El Susodicho
venía en moto y pasó sin darle bola al semáforo. Ahí fue que reaccioné con un
¡Ehhhhhh culiao!, recibiendo por respuesta lo ya relatado sobre los derechos de
propiedad ciudadana. Me salió de una el grito, sin pensarlo, como si fuera un
botón más del auto que se maneja en automático, conectado, en este caso, con la
frenada. Cosa de locos si uno lo piensa, porque el auto, al igual que el
celular, ya son parte del cuerpo y no se distingue quién manda a quién.
Mientras
regresaba al dulce hogar contento porque existo, venía escuchando “como te voy
a olvidar”, de Los Ángeles Azules, donde parece que para los amores no hay GPS
que valga, siempre se pierden. Apagué la radio y recordé a mi amigo Jorge en
las mateadas filosóficas: “no seas iluso, lo que ocurre en las calles todos los
días no se trata de respeto y educación, es el inconsciente colectivo que sigue
vivito y coleando, muchos siglos de rebeldía sin miras de acuerdo. Es la “Ley
del Prepo”, donde cada uno prepea con lo que mejor tiene”
Chuiiii, le
dije a la parte sensible de mi cerebro: “estamos en el horno entonces, ¿no
habrá alguna forma de convivencia?”
Debe
haberla… Pensaba y pensaba en trance arreglador del mundo, hasta que una
camioneta tocó bocina y me paso rozando al grito de ¡córrete boludo! Y ahí pasé
directo al estado “Tuco Mono”, donde la selva y las lianas son más lindas que
la China Suárez.
Paré frente
a mi casa, me quedé en silencio unos minutos respirando despacio mientras mi
estado emocional iba pasando del Tucu-Mono al Tucu-Básico y después al
Tucu-Chala, ciudadano responsable que quiere la Intendenta.
Al apagar el
auto sin sacar la marcha atrás el sacudón me conectó a la realidad.
¡Que lo
parió!
No me
quedaba otra que echarle la culpa de la Línea 5
*Juan Serra
