¡Cuán zigzagueante suele ser la
vida!
Muchos lo sabemos. Y cuán difícil
es encontrar personajes que, más allá de sus cuerpos virtuosos o atormentados,
caminan siempre hacia adelante con la mirada alta.
Los hay. Se los encuentra. Y nos
place caminar juntos y disfrutarlos.
Para eso están los recuerdos.
¿Qué seríamos sin los recuerdos?
Una caja vacía. Una nada. Zombis perdidos de rostros planos y miradas lejanas. Sin
vernos unos a los otros.
Quién sabe qué seríamos… ¡Cuánta
alegría quedaría olvidada! ¡Cuántos genios y figuras empáticas evaporadas! ¡Cuántas
emociones esperando en la gatera!
¿Sería lo mismo la vida sin las
gambetas y las ocurrencias de Diego? ¿Cómo haríamos para activar tanta maraña
de sentimientos si aquel 30 de 0ctubre de 1960 no hubiera nacido, en el
Hospital Evita de Lanús, ese niño mágico?
¿Acaso no es un Santo que se cansó
de hacer milagros?
Su lado humano, más allá de lo
deportivo, se desparramó por cientos de hogares
Cuántas preguntas sobre la vida de
alguien que no dobló, que sigue como si nada acompañándonos cuando se nos
antoja, salvándonos cuando buscamos una alegría o cuando necesitamos sentir la
emoción de piel de gallina o de lágrimas rebeldes que se vuelven fáciles.
¿Por qué será que Él siempre está?
Y está queriéndonos, haciendo fácil la felicidad. Y hasta nos hace sentir
patriotas, cosa bastante rara en esto tiempos.
¿Será suficiente con agradecerle?
¿Alcanzará con contar a hijos y nietos que lo vimos jugar? ¿Se podrá enviarle
algún mensaje para que no olvide que nunca lo olvidaremos?
Sé que con “gracias Diego” me quedo
corto. Sé que con defenderlo de algunos sin alma no alcanza. Sé que estoy en
deuda.
Tal vez por eso su recuerdo me
persigue tanto.
Y hoy el día de todos los santos
más que nunca
Juan Serra
