Despedido de su trabajo, luego de
varios meses de angustia y rezos a San Expedito en la Iglesia del Corazón de
María, logró que lo tomaran como “sereno de sandías”. En negro, obvio, van
quedando pocos trabajos de colores.
No dejaba de agradecer a la fruta y
al campo santiagueño. Pareciera que ser agradecido en tiempos modernos requiere
de una exquisita elasticidad. Algunos la llaman resignación.
Tranquila la tarea, diez horas
evitando que nada falte, con una puntualidad exagerada, ya que a las ocho de la
mañana llegaba Don Juan y contaba las sandías una por una, varias veces, porque
se hacía difícil en semejante amontonamiento. Era el peor momento, Roberto
debía hacer un esfuerzo místico para que no le salga el tucumano básico.
Lo jodido era cuando llovía, sabido
es que no falla aquel dicho popular impuesto por los criadores de gallinas
tucumanas: “cuando llueve el choro ataca”. Había que estar alerta y amigarse
con los truenos, atento al motor de una camioneta o camión. No es fácil llevar
sandías a pie.
Así y todo, Roberto se fue
acostumbrando. Averiguó el origen de las sandías, hace más de 4000 años en
África, y su paradójica relación con los esclavos que la trajeron al continente
americano. Cuando se enteró que la fruta ya aparecía en las tumbas egipcias
abandonó la búsqueda, al fin y al cabo, todo parecía venir de los egipcios y
los chinos.
Para que el tiempo le pase rápido se
inventó dos tareas: mirar el cielo e imaginar el sueño de sus tres hijos, dos
mujeres y un varón.
Al principio era solo mirar la Luna
y las Estrellas, y pensar, luego se trajo un cuaderno para ir anotando lo que
veía y los sueños que imaginaba.
Sabía que el trabajo tendría su fin
cuando se terminaran las sandías, en marzo, no obstante, hacía buena letra para
que lo tuvieran en cuenta para la próxima cosecha.
Siempre contaba que nunca lo venció
el sueño y se lamentaba, después de 27 años de trabajar en una metalúrgica
plegando chapas, que por primera vez veía el cielo con curiosidad y pensaba lo
que pensarían sus hijos.
También notó que estaba cambiando,
que volvía a la casa con ganas de pintar las paredes y arreglar las cosas
rotas, y que estaba más sensible y pensante, tanto que hizo esfuerzos para no
lagrimear cuando un cliente le regalo una botella con agua, tipo cantimplora, y
le aconsejo que no deje de tomar durante la noche.
¿Cómo es que se me habían pasado
esas cosas?, decía. Lo del cielo, que siempre estuvo, y lo de los hijos,
pensando siempre en ellos, pero sin saber lo que ellos pensaban.
De alguna manera, aunque pocas
veces lo contaba, decía que el cielo y las sandías lo habían mejorado como
padre.
Juan Serra
