De lejos me llamó la atención.
Algo eléctrico recorrió mi cuerpo, al
que desde hacía tiempo prestaba más atención. No se equivocaba al darme avisos
inesperados.
Seguro que lo conocía, o que lo
había visto en algún lado, aunque no era un recuerdo así nomás.
Me detuve frente el viejo Mercado
del Norte, en la calle Junín de la capital tucumana, como quién va a comprar verduras
a los puesteros que están sobre la vereda.
Miraba de reojos esperando que pase
a mi lado, ya casi convencido que era él. Cuando estuvo a un metro de distancia
giré para enfrentarlo, casi chocarlo, al tiempo que le decía: ¡cómo te va
hermano!
Me miró sorprendido, aguanté la
mirada y lo abracé. En ese mismo instante pasó por mi cabeza la película
completa de aquella vez.
- ¿Te acordás de mí? En la Citrícola
“La Moraleja”, en Salta.
Hubo un silencio largo. La
vendedora de rúcula, achicoria y brócoli se paró con la bolsita de plástico
negro entre sus dedos prestando atención. El bullicio de la cuadra tenía algo
de mercado boliviano y un poco de aquella ciudad salteña, Apolinario Saravia,
donde dormían gran parte de los operarios de la Citrícola que me había tocado
montar y poner en producción.
-Sí, me dijo, me acuerdo. Al toque
estiré la mano derecha para encontrar la suya con un gesto como pidiendo que la
dé. Cuando lo hizo la mantuve un rato hasta sentir lo que estaba esperando para
confirmar mis sospechas. Empezamos a reírnos. El levantó la mano y la mostró
con la palma abierta. Estaban los cinco dedos, uno de ellos algo chueco y deforme.
¡Te lo pusieron al final!
Había sido un día de mierda,
difícil de olvidar. Un hecho de mierda, aunque sea corto en el tiempo, ya lo
hace al día de mierda. Era el año 1999, durante los preparativos de prueba,
ajuste y puesta en marcha de la Citrícola La Moraleja, ubicada en Apolinario
Saravia, a 250 km de la capital salteña. Fueron varios meses de trabajo intenso
y sucesos de todo tipo, como los que nos ofrece la vida real, que los presenta
sin pedir permiso a nadie.
El alarido fue tan fuerte que el
operador de las máquinas extractoras, que siempre está en una plataforma
elevada desde donde se controla el funcionamiento de la Planta Fabril,
asustado, apretó el golpe de puño para detener todos los equipos. Solo quedaron
en marcha las centrífugas que separan el aceite esencial del limón y el
evaporador concentrador del jugo de limón.
Los gritos no cesaban y, sin el
ruido de las máquinas de transporte, eran más desgarradores. Parecían rebotar
como ecos por todas partes.
Desde un costado, corriendo por
debajo de las plataformas, apareció Mario levantando la mano derecha
ensangrentada. Detrás venían otros operarios. Alguien gritó que no mire la
mano, que mire al piso y respire profundo.
Había ocurrido lo inesperado. Un
transportador helicoidal de los llamados tornillo o gusano, que llevaba las
cáscaras de limón desechadas por las máquinas extractoras después de aplastar
la fruta y extraer el jugo y el aceite, en un descuido, le había arrancado un
dedo al intentar acomodar la carga con la mano.
- ¡Busquen el dedo!, gritó el
supervisor
Todo el mundo a buscar en las
bateas y tolvas repletas de mazacotes de cáscaras, hollejos y semillas.
Mario y su dedo envuelto en una
bolsa de plástico partieron rápidamente a San Miguel de Tucumán, donde había médicos
especialistas en cocer dedos.
Eso fue hace 25 años. Hoy nos
despedimos frente a la mirada atenta de la vendedora y quedé pensando: magia de
la vida, magia del encuentro, quién sabe. De haber venido en auto me lo hubiera
perdido.
Comprar verduras en la calle Junín resultó
ser mucho más que eso. Fue darme cuenta, también, aunque se demore un poco, que
después de un viejo día de mierda puede venir un nuevo día de sol.
Juan Serra