Su padre
murió de tristeza. Se puso triste de tanto llorar.
Lloraba
porque no podía verlo ni abrazarlo. Su hijo seguía preso.
Murió
un par de meses antes que le dieran la libertad.
Nunca
es temprano ni tarde para seguir pensando sobre su muerte, de cómo es cuando un
Padre no puede ver a su hijo durante mucho tiempo, de cómo es cuando no
entiende bien porqué sigue preso, de cómo fue que pasó lo que pasó.
Hay veces
que la tristeza no reconoce toda una vida de laburo y tira de la sangre para el
otro lado, para atrás, jodiendo el funcionamiento de todo el cuerpo.
Al
hijo no lo dejaron ir al velorio. Tal vez fue mejor no ver el cuerpo marchito.
Tuvo
que imaginar la despedida de otra forma, mezclando la culpa, el deber, la
ingenuidad, la rebeldía, el mandato de época y tantos posibles e imposibles que
cada cual va encontrando en su camino. Hizo el duelo solo. Con algunos abrazos imaginarios.
Siempre
me comenta que trata de olvidar, de imaginar otras cosas y convencerse que la
vida va, que ahora hay hijos y nietos que ayudan con otras vivencias, pero hay
días que la pena le vuelve y, como las manchas de humedad, aparece en todos los
rincones.
Algo
más fuerte que su voluntad debió perseguir a ese Padre durante esos años de
mierda donde la vida no valía nada y los militares argentinos presumían de
verdugos. Él se daba cuenta lo imposible que es enfrentar el poder y la
impunidad y, de solo vivir extrañando, las lágrimas le salían solas. No había
forma de contenerlas.
Una
vez a la semana hacía el esfuerzo para no llorar y evitar mojar las cartas que intercambiaba
con su hijo. Quiero creer que esos eran momentos de sosiego. También de
preguntas y esperanzas.
Pasa
el tiempo y cada tanto nos preguntamos cuándo termina un dolor, una ausencia o
una guerra.
Puede
que se acaben los combates y las noticias tristes, pero la memoria sigue
intacta en las tripas y, cada tanto, avisa. Más aún cuando aparecen tiempos
oscuros donde los verdugos ya no se visten de negro, sino que andan por las
calles presumiendo sus atuendos coloridos.
Esa es
la vida nos decimos en cada encuentro cuando entre mate y mate se nos da por
abrir el corazón.
Juan
Serra
