Cuando Jesucristo resucitó
entre los muertos todos se sorprendieron. Sabían de su magia, pero no que fuera
para tanto. Y encima, resucitado con una fuerza capaz de mover la tremenda
piedra que cerraba el sepulcro.
Nadie supo cómo fue ni adónde
se fue, aunque algunos, tiempo después, creyeron verlo en forma de aparecido
como fantasma. También se rumoreaba que el lanzazo final en la cruz no lo mató
del todo y que en realidad fue la sabiduría sanadora de María Magdalena la que
lo volvió a la vida. Otros, los menos, aseguraban que se fue volando al cielo.
Todo un misterio.
Lo cierto es que, lo que
empezó como un secreto entre amigos temerosos de alguna reacción violenta del
poder de turno, al poco tiempo se extendió como la noticia salvadora, no porque
algunos podrían resucitar, sino porque el resucitado se ocuparía de que cada
vez más gente viva mejor.
Contrariando al sentido común,
su muerte se transformó en esperanza. También en peligro por la bronca que
generaba en aquellos que ya vivían mejor y no querían que nada cambie. Esos
insaciables no dormían tranquilos. Si bien les resultaba medio raro que alguien
resucite, temían que, por ser tan angurrientos y desamorados, algún día, algún
Jesús, haga que la suerte los abandone.
En el cielo, en la Tierra, y
en todo lugar como dicen sus seguidores, Jesucristo se las ingenió para
convencernos que anda vivito y coleando desde hace miles y miles de años.
Cambia de rostro, de nombre, de forma, de idioma y hasta de sexo para que puedan
verlo, soñarlo y nadie se sienta excluido.
Quetzalcóatl, entre los
pueblos nahuas de Mesoamérica, Viracocha en el mundo andino, Bochica entre los
muiscas de Colombia, Pachakuti entre los incas, Naylamp en la costa norte del
Perú, Hiawatha entre los iroqueses y muchos otros benefactores anduvieron
renegando y llevando un poco de alivio esperanzador en un mundo lleno de
necesidades insatisfechas. A veces trajeron mejoras, otras veces fracasaron.
Para peor, los humanos buenos de corazón, que los hay, no saben todavía como
resucitar y mucho menos hacer magia.
Puede sonar a alivio saber que
la Ciencia abandonó su soberbia y ahora, con los nuevos aparatos tecnológicos,
los buscan incansablemente. Lástima, parecería ser medio tarde, ya entramos en
el tiempo circular del desamparo y las ausencias, donde los mitos, aparecidos,
mesías y chamanes andan por otras galaxias.
Puede que quede alguna chance.
Como viento o colibrí sería suficiente
Por Juan Serra


