Hay un lugar en el mundo donde las montañas son montañas, el cielo azul entero, el sol un abrazo tibio y el silencio un silencio en serio. Y todos ellos hijos de la Madre Tierra, de La Pacha, como nosotros. Queda en Tucumán y se llama Amaicha.
Uno llega, se empacha de todo eso, comparte un vino, o dos, y se siente más bueno. Parece que otro te acampa el cuerpo, como si La Luna, en la primera noche donde las estrellas lucen de estrellas, quiere ahora, Ella, alunizarte y dar vuelta la piel reciente para que asome la antigua, más calma, más contemplativa, más sabia. Esa que se conforma con solo estar.
Lo que parecía un paisaje gris se colorea. Aparece una voz que le habla al corazón, puede ser del viento o de un pájaro, y no se deja atrapar por ningún pensamiento. Te pide que mires y sientas como, de semejante universo donde apenas somos un suspiro pequeño, nace la vida que te sostiene.
Te abrazas, compartes una mesa y un Alguien te susurra que ahora sí puedes compartir secretos. Y hasta contarlos en verso porque allí todo rima.
Después de una mateada larga bajo el sol, nos vamos caminando a la Plaza y desde allí a la casa donde se realizará la Ceremonia de Agradecimiento a La Pacha Mama. Es 1 de agosto y al mediodía empezará la Ceremonia.
De rodillas y con la cabeza gacha, reconociendo que Ella es Todo, le decimos, tal vez con una de las palabras más hermosas, que le agradecemos su bondad y cuidado como Madre, y le pedimos que no nos abandone. Le prometemos ser mejores para cuidarla.
Algún ancestro te observa y el Bing Bang sonríe, te ven descubriendo lo que siempre estuvo.
Hasta el duende del amor aparece, danza y te deja robar abrazos. También puede haber caricias y besos que quedarán protegidos por los cerros.
Está bueno enamorarse en Amaicha y de Amaicha, la cuestión es la vuelta.
Por Juan Serra



