Cuando los tiempos oscurecen y
algunos monstruos andan sueltos no dejo de recordar cómo fue que me salvé del
infierno. En una época me preguntaba quién había inventado el sol. Ninguna
respuesta sonaba convincente, así que bajé un cambio para dedicarme a
disfrutarlo cuando aparecía y extrañarlo en días fríos con llovizna.
Lo extrañé muy mucho cuando no
me dejaban verlo. Ahí comencé a quererlo. Sabía que, a pesar de tantos días y
tantas noches negras, estaría esperándome como un verdadero amigo, de esos que
nunca te abandonan. Ese amor, ese respeto, nacidos del desamor y la carencia,
me acompañan hasta hoy con destellos de felicidad. Es una felicidad sencilla, como
deberían ser todas, porque el sol no te pide nada a cambio.
Y de la Luna, ¿qué? Podría
decir lo mismo, pero además tendría que recordar las tantas lágrimas que
quedaban atascadas cuando podía mirarla en ese universo inmenso: las noches de
Luna traen certeras puñaladas de nostalgias que hieren sin querer, pero también
pócimas de humildad sanadora. Conversar con ella, sin necesidad de disfrazarse de
nada, en carne viva y con la mente callada, traía más alivio que un plato de
comida.
Y de Dios, ¿qué? Y de La
Suerte, ¿qué? Esos sí que eran raros, nunca sabías que pretendían, que
buscaban, dónde estaban. A pesar de ello los inventaba buenos y piadosos,
esperando ser elegido y poder salvarme. Debo decir que algunas manos me dieron,
y con el tiempo los transformé en uno solo: un ángel protector con señales sorprendentes
y una sólida red de amparo. Saber de su existencia fue vital, ahora lo veo por
todas partes. Es el que todavía me cuida.
Y de los humanos, compañeros,
amigos y familiares, ¿qué? Ahí estaban, tratando con todas las argucias
sostener castillos que se iban resquebrajando, mezclando certezas con preguntas,
parchando esperanzas, poniendo más el cuerpo que la mente, sin abandonar el
cuidado y el abrazo. Descubrí que unos pocos abrazos por año pueden acomodar todas
las tripas y hacerte sentir parte de una tribu de cuerpos iguales, castigos
iguales y esperanzas iguales, aunque los pensamientos y las palabras suenen
diferentes.
Las piernas deberían tener un
altar aparte. Hacen pasear el cuerpo sin mucho esfuerzo, te llevan en andas
como un campeón y te recuerdan que sigues vivo y aún puedes llegar lejos. No
había pensado antes en ellas de esa forma, tampoco las había acariciado. Uno se
pregunta hasta qué punto la comodidad te incomoda impidiendo conocerte mejor.
También las cosas tenían vida.
Como tal las trataba y les hablaba. La peor era la puerta, ese pedazo de madera
o de fierro que a veces separaba la vida de la muerte. Era horrible cuando te
despertaban los pasos militares del guardia.
Al final triunfaron los
salvadores. Un día el tren me llevó hasta la Estación del Mitre, frente a la
Plaza Alberdi, donde los que me cuidaban la espalda seguían siendo invisibles y
los otros, los que me esperaban, sonreían en el andén.
Por Juan Serra

