Milei, Adorni y Santilli se fundieron en ese abrazo grotesco, estéticamente desprolijo que pone de relieve inconsciente las diferencias de altura y sentimientos reales que reflejaban sus protagonistas.
Un hombre desquiciado, vencido, se ha visto obligado a desprenderse de uno de sus pocos amigos personales, uno de los más visibles de su entorno íntimo. No lo hace con convicción, no tuvo más remedio que hacerlo. Patricia Bullrich ya le había advertido, de manera casi amenazante, que la situación en el Parlamento Nacional era totalmente insostenible. No había forma de evitar una moción de censura en contra del hoy ex Jefe de Gabinete. Con presiones y concesiones un tanto escandalosas, habían logrado dilatar el tema un par de semanas, pero la cosa era ya indefendible.
Milei tuvo que ceder ante lo inevitable, y eso es una cicatriz difícil de curar en un hombre con un ego desproporcionado, acostumbrado al agravio fácil y a la adulación permanente. Llora compungido, no tanto por verse privado de su funcionario preferido, sino porque advierte que su poder, que creía omnimpotente, ha quedado cercenado de manera definitiva. Necesita huir rápidamente para refugiar sus alteraciones anímicas dando charlas incoherentes y recibiendo premios inexistentes, todo para restañar las heridas de un alma tumultuosa. Es un pobre hombre enfermo que ha perdido uno de sus puntales afectivos, de los muy pocos que tenía. Desafiando el protocolo, y con un lenguaje gestual que lo compromete, nos regala la escena de ese último gesto afectuoso para con aquel al que quiso defender con uñas y dientes, y no pudo sostener.
Manuel Adorni representó una vez más su papel protagónico de hombre inmutable, un personaje con cara de piedra, que pareciera no entender la anomalía moral de los actos propios. Su figura desteñida destila un aura de impunidad absurda, esa que nace de la autojustificación ética de los actos propios. Es como si no quisiera comprender la gravedad de sus hechos y sus dichos, cosa por demás extraña de parte de alguien como él, propenso a utilizar las redes sociales para denostar con altisonancia y desprecio cualquier conducta ajena que le parecía incorrecta.
Fue en busca de ese abrazo consolador, depositando probablemente en él, todas sus esperanzas de ser protegido por el poder presidencial en las inevitables peripecias judiciales que le esperan en el futuro cercano. Y quizás también ha recibido ya garantías personales de alguna compensación económica que le permita sostener su nuevo tren de vida, ese que, a partir de su ascenso a la función pública, le permitiera disfrutar de bienes que jamás hubiera podido adquirir con sus trabajos de poca relevancia en el sector privado. Sus intentos de ponerse en víctima de una conspiración fatídica no convencen a nadie. Y quedará siempre en la memoria colectiva como uno de esos minúsculos individuos mediocres que alguna vez transitaron las mieles del poder y se embriagaron con las nubes afrodisíacas que este parece emanar. Imagino que recibió ese abrazo como una señal inequívoca de que seguirá gozando de la protección oficial, todo un alivio emocional en momentos como este.
Diego Santilli es el tercero en discordia. Probablemente de los tres involucrados, sea el único al que el abrazo no le haya producido ninguna alegría. Lo aceptó por obligación y conveniencia. Es obvio que a un Jefe de Gabinete que estrena su título tras un escandalete mayúsculo protagonizado por su antecesor, no le debe haber resultado grato esta salutación efusiva con alguien que es, hoy por hoy, el sinónimo de la corruptela y la impunidad en el ejercicio de la función pública. Pero con seguridad sabe que estos gestos son simples sacrificios menores en pos de su objetivo central de ir apoderándose de un poder ajeno. Sabe que no fue el primero, ni será el último. Tiene el “cuero curtido”.
Entiende como pocos el juego de la política, y ha comprendido que para progresar en el gobierno libertario tendrá que tragarse muchos sapos y aceptar en silencio los vaivenes anímicos del Presidente. Tiene cabal conciencia de que en política los agravios son efímeros, las amistades y enemistades tienen corta duración, y el oportunismo lo es todo en términos de exitismo. Su recorrido personal demuestra una flexibilidad notable. Peronista declarado, devino en macrista, luego en larretista, y fácilmente se transformó en mileísta. Donde el poder se encuentre, en sus cercanías siempre encontraremos a Santilli. Es la quinta esencia de la “casta” y hace décadas que detenta cargos públicos en todos los gobiernos sin interrupciones. No lo afirmo con intenciones peyorativas, es solo descriptivo. Al contrario de Milei, yo valoro a quienes han demostrado a lo largo del tiempo sus aptitudes para sobrevivir al vértigo que representa el entramado político. Pienso además que su ascenso oxigena transitoriamente al oficialismo. Su personalidad parece mucho más confiable y amigable a la hora de formular acuerdos políticos con gobernadores o intendentes. Su figura dará un respiro al agobio político, pero dificulto que alcance a torcer el rumbo fatídico de una gestión encaminada al fracaso.
Quedaron en un pasado remotísimo las definiciones que hace un par de años hacía de Santilli, el mismísimo Javier Milei: “El colorado hijo de mil puta de Santilli debería explicar como lleva el estilo de vida que tiene antes que ponerse a debatir sobre economía, de lo cual no sabe nada” , posteaba el día 23 de enero del 2023, para insistir el 5 de julio del 2023 con un nuevo tuit donde decía: “Diego Santilli, el candidato de los Tik Tok y el boludeo en una provincia gobernada por la inseguridad y los narcos. El tipo dice que vive abiertamente de “sus negocios”, y recibe sonrisas, no preguntas. NO HAY NADIE QUE NO DIGA QUE ES UN CORRUPTO. Es el que se pagaba la fiesta de cumpleaños con la tuya”.
Esto es lo que pensaba Milei de su nuevo Jefe de Gabinete. Lo narrado es una descripción colorida del momento que vivimos en nuestra sociedad. Tiempos donde nadie se hace cargo de sus dichos, donde el insulto fácil y la calumnia son moneda corriente, y donde la dignidad personal parece haber desaparecido del escenario de las virtudes apreciadas por el conjunto social.
Ni Milei fundamentó sus denuncias de aquel momento, ni la Justicia investigó la existencia o no de delitos, y tampoco Santilli exigió rectificaciones públicas de las injurias recibidas. No pasó nada. Hoy todo vale, y las conveniencias personales son la única valoración que se concibe. Olvidamos, para seguir participando de la fiesta.
Pero, más allá de los detalles de color, la salida de Adorni del gobierno es un hecho positivo para el gobierno y para el país. Se demoró demasiado, el desgaste inútil se prolongó hasta la incomprensión generalizada, pero, ¡al fin!, se terminó el sainete con el final anunciado.
Y esto es muy bueno porque dejará espacio al debate de temas más trascendentes, de esos que siguen sucediendo sin que el público en general tome una conciencia clara, pero que significan un deterioro continuo de las condiciones de vida de la población.
La economía del grueso de la ciudadanía argentina sigue sufriendo condiciones muy desfavorables y hay datos sugestivos que hoy quiero resaltar.
Como principio conceptual es bueno entender que en economía los números no mienten, pero solo cuentan aquello que quieren contar, y lo hacen siempre con el sesgo de quien emite la estadística. Por eso soy muy cuidadoso cuando refiero datos numéricos. Estos suelen esconder en su difusión la intencionalidad de quien los da a conocer, y no siempre está muy claro su significado real.
Un ejemplo de esta distorsión es la famosa medición del PBI. Los economistas celebran como un éxito cualquier número que indique crecimiento de ese indicador económico. Que ese PBI crezca es un dato alentador, pero no siempre refleja bienestar económico, ya que se trata de un promedio. Hipotéticamente si dos actividades crecen exponencialmente y el resto cae de manera importante, quizás el número final nos hable de crecimiento, pero la verdad es que lo que sucedería es que la situación económica sería muy mala, ya que la mayoría de los sectores económicos estarían descendiendo abruptamente.
Otro ejemplo distorsivo es la medición que se hace del índice de consumo de la población. También aquí incide seriamente el concepto del promedio y de los ítems que son considerados consumo. El gobierno puede aquí decir que el consumo ha crecido el último bimestre, y estaría diciendo algo verdadero hasta cierto punto, pero lo que no dice es lo que transforma esa omisión en mentira que contradice el dato. Si por consumo entendemos el pago de tarifas de servicios públicos y transporte, prepagas y alquileres, los aumentos de estos precios reflejarán un incremento que nada tiene de positividad. Y si promediamos los consumos de los sectores más ricos de la sociedad, esos números positivos no reflejarán las angustias de subsistencia de los grupos menos favorecidos. Si nos centramos en medir el consumo de alimentos en supermercados, la caída es espantosa, y así sucesivamente.
Con estas aclaraciones previas, quiero hoy reflejar dos mediciones que me afligen mucho y que debieran ser objeto de atención especial por parte de la gestión gubernamental.
En primer lugar adjunto un video del canal de Infobae nos dice que desde Mayo de este año alrededor de siete millones de personas están en situación de mora en sus endeudamientos. Esta situación de morosidad se ha elevado al 12,7%, el nivel más alto desde el año 2012.
Este tema debiera ser preocupación fundamental del gobierno nacional. Una economía donde cada vez más argentinos se endeudan y donde el número de morosos se incrementa exponencialmente, es una economía que no está funcionando adecuadamente. Detrás de cada situación de mora hay personas de carne y hueso y familias enteras que están sufriendo momentos de angustia y desesperación. Creer a pie juntillas que este es un tema que el mercado arreglará por sí solo es no entender el problema.
El continuo ascenso de la morosidad no es otra cosa que el reflejo de una microeconomía que se niega a arrancar, de empleos formales perdidos y de una informalidad que no cubre los mínimos de la subsistencia. No querer mirar lo que nos sucede no disipa la problemática existente. Usualmente la gente deja de pagar por una imposibilidad fáctica derivada de una situación económica que ya no puede sobrellevar.
El segundo tema que quiero traer a colación es el que consigna un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que coloca a la Argentina en el último lugar en el ranking de inversión extranjera directa entre las principales economías de la región. Según el informe, Brasil recibió U$S 76.877 millones de dólares de inversión extranjera directa, México U$S 40.871 millones, Chile U$S 13.152 millones, Colombia U$S 11.642 millones, Costa Rica U$S 5.733 millones, y Argentina, en cambio solo captó apenas U$S 3.134 millones de dólares de inversión.
Estos números deberían despertar mucha preocupación en un gobierno autocalificado como promercado.
¿Cómo es posible que Brasil, gobernado por Lula, a quien Milei calificó de “zurdo”, y por ende presuntamente anti mercado, haya conseguido VEINTICUATRO VECES Y MEDIA MÁS INVERSIÓN EXTRANJERA DIRECTA QUE LA ARGENTINA?
Nuestro país se ha encolumnado sumisamente a la política exterior de los Estados Unidos, ha sancionado las reformas laborales más duras que le fueron solicitadas, ha desmantelado controles estatales y ha sancionado regímenes de privilegio para fomentar e incentivar inversiones a través del RIGI, abriendo además de manera indiscriminada e incondicional su economía al comercio mundial.
Sin embargo, los resultados son muy decepcionantes. Los inversores extranjeros no quieren poner su plata en nuestras tierras, al menos no para inversiones productivas, solo se arriman para extraer riquezas de la especulación bursátil o alguna otra cuestión muy puntual, pero nada indica una voluntad de acercamiento real y concreto para arriesgar su capital en emprendimientos de mediano o largo plazo.
Con una micro economía contraída, con la población endeudada, sin signos serios de revitalización del consumo y sin inversión de capital extranjero, el panorama económico parece circunscripto a una titánica batalla para consolidar el ancla cambiaria a cualquier costo y a dilapidar las buenas cosechas y los producidos de la minería y la energía. Del resto parece no estar ocupándose nadie. Demasiada energía puesta en defender a Adorni y ningún esfuerzo demostrado en defender el bolsillo maltrecho de la gente.
Quiera Dios que el Fin categórico de la secuela del caso Adorni abra las puertas de algo un poco mejor, al menos de una mirada empática hacia esos sectores postergados que hoy están padeciendo las consecuencias de un programa económico impregnado de dogmatismo y carente de realismo social.
Buenos Aires, Julio del 2026
Sisto Terán Nougués



