Sisto Terán Nougués
El tema del
día es que el Jefe de Gabinete Miguel Adorni concurrirá al Congreso de la
Nación secundado por el Presidente de la Nación, quien irá a acompañarlo en una
especie de rol de simpatizante futbolero, con una patota de seguidores y
obsecuentes. No sé, ni puedo saber, lo que sucederá. Lo más probable es que
asistamos a otro penoso acto escénico desprovisto de las formalidades
institucionales que se requieren para estos casos.
Pero hoy me
niego a escribir sobre un suceso tan minúsculo, mediocre en toda la dimensión
de la palabra. Hacerlo es contribuir al morbo de una sociedad que necesita otro
tipo de contribuciones más altruistas y benéficas de parte de la política.
A Adorni ya
solo cabe aplicarle la cruel anotación que Dostoyevski hiciera respecto de Iván
Illich Pralinski, personaje ficticio de su novela corta titulada Una historia
desagradable: “Siempre había sido honesto, que es decir lo mismo que no había
tenido la oportunidad de ser deshonesto”.
A diferencia
del personaje del literato ruso, Miguel Adorni tuvo la oportunidad de ser
deshonesto y la aprovechó con una torpeza elefantiásica. Su soberbia y sus
discursos impregnados de moralina con una hipocresía fenomenal, solo
acrecientan el oprobio de lo que se está exponiendo en los medios de
comunicación.
Creo que hay
que dejar de lado esta tragicomedia de enriedos delictivos para, sin olvidar
los hechos, centrarnos más en reflotar una discusión que resulta imprescindible
a esta altura de los acontecimientos.
¿Cuál es el
modelo de país que los argentinos queremos proyectar hacia adelante?
En momentos
donde el fracaso de Milei ya es evidente, y cuando sus insultos y locuras han
perdido todo tipo de gracia, si es que alguna vez los tuvieron, la sociedad
empieza a agitarse en busca de la construcción de nuevas utopías de poder.
El círculo
rojo, periodistas, pensadores, políticos profesionales, outsiders de todo tipo
y pelaje, se reúnen cada vez con mayor frecuencia para ir encontrando
alternativas posibles para reemplazar esto que huele ya a fracaso importante.
Pero la gran
mayoría centra sus pensamientos y acciones en las personas y las modalidades de
un eventual acceso a un futuro gobierno, y muy pocos intentan hacer el esfuerzo
intelectual que requiere preguntarse el “¿para qué?” o el tipo de gestión que
se buscaría desarrollar.
Tengo para
mí como válido un axioma que intento poner siempre como horizonte de acción
política, que dice que “un buen gobierno será siempre el que procura lograr la
mejor calidad de vida para la mayor cantidad de las personas que componen la
sociedad”.
Esta
consigna ya es un principio rector que condiciona la respuesta al tipo de país
que entiendo deseable consolidar.
De nada
sirve una nación con números estadísticos formidables, con datos económicos
positivos en la medición de su Producto Bruto Interno, o en la solidez de sus
finanzas públicas, si esos resultados no se reflejan en la vida cotidiana de la
gente y no implican una mejoría importante en su calidad de vida. Expuesto más
toscamente, no sirve la construcción de un país para pocos, con espectaculares
promedios resultantes de una enorme concentración de riqueza en pocas manos, y
una alta densidad de exclusión y marginalidad social.
El logro de
una mejor calidad de vida tiene costos económicos que deben ser afrontados por
la sociedad. Y obviamente ese financiamiento tiene que ser sustentable y no
debiera apuntalarse en el quebranto de las finanzas del Estado.
La paradoja
argentina es que nos movemos pendularmente con una velocidad vertiginosa hacia
los extremos y abrazamos lo que con cierta presuntuosidad denominamos modelos,
a los que adoptamos en calidad de dogmas pétreos, y nos rehusamos a
confrontarlos con las realidades contemporáneas, que nos presentan un mundo
cambiante y donde los paradigmas de antaño se están resquebrajando.
Solemos
aceptar prejuiciosamente ideas fuerzas que nos han sido legadas por relatos
interesados, y no profundizamos la complejidad del devenir histórico. Siempre
es más fácil transitar por andariveles binarios, blanco o negro, bueno o malo,
sin entender que la existencia real no tiene esas características tan simples.
Para algunos
sectores nostalgiosos, las bondades del modelo agroexportador de fines del
siglo XIX y principios del siglo XX representan una ideal que parecen añorar,
sin entender que ya Manuel Belgrano preconizaba que la verdadera riqueza de la
Nación no está en exportar materias primas, sino en trabajarlas, y añadía que
“fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio son tres
importantes objetos que deben ocupar nuestra atención”.
Para otros,
la idea de un estado benefactor y una industria protegida por el accionar
estatal configura un anhelo deseable, pero olvidan que estas políticas implican
costos que hay que afrontar y que muchas veces han generado importantes desequilibrios
financieros. El propio Juan Domingo Perón ya en 1952 destacó la importancia de
restaurar el equilibrio fiscal y la armonía entre el consumo y la producción.
Adicionalmente
todas las posturas ideológicas han de sufrir el impacto de la realidad internacional
que nos circunda. Por ende, no existen razones lógicas para creer que una idea
económica extraída de la academia puede ser aplicada con frialdad en la vida
real sin que las consecuencias sean imprevisibles y muchas veces muy dañinas.
La teoría debe
ceder paso a la realidad y nunca debe aceptarse el proceso a la inversa, como
parece ser la pretensión de los dogmáticos que dan conferencias para explicar
que sus teorías no funcionan, no a raíz de su incorrección conceptual, sino que
siempre la culpa la tienen las circunstancias del momento que se niegan
tozudamente a darles la razón empírica.
Me da la
impresión de que los políticos y los economistas criollos están empeñados más
en la demostración de las verdades de sus ideologías que en la racionalidad de
aplicarlas con prudencia y raciocinio al caso concreto, teniendo siempre
presentes los entornos internacionales, que de alguna manera nos condicionan.
Querer una
apertura ilimitada de la economía en un mundo que se está cerrando, con los
Estados Unidos a la cabeza, es pretender una competencia asimétrica que solo
nos puede perjudicar.
Dejar todo
librado a la mano de los mercados y confiar en su sapiencia para reconstruir
eficazmente lo que se destruye parece utópico y poco eficaz.
Sostener sin
limitaciones un estado bienestar con quebranto del equilibrio fiscal suena
igualmente improbable y absurdo.
Pensar en la
eliminación del estado en términos absolutos es estúpido y dañino. Nuestros
antepasados liberales fueron decididamente intervencionistas en materia de
educación, seguridad, salud y justicia. Desarticular la presencia del estado en
esos ítems es muy peligroso y totalmente ineficaz.
No entender
que el sector privado de la economía tiene una pujanza dinamizadora que el
estado muy difícilmente pueda igualar, es también negarse a aceptar una
realidad evidente.
Desear un
país meramente exportador de materias primas y sin industrias es una locura.
Sostener sine die industrias no competitivas tampoco es pertinente.
Creer que la
obra pública es innecesaria es coquetear con la imbecilidad. Pensar que la
inversión en infraestructura es posible solo merced al impulso y la iniciativa
privada es insensato y está demostrado en el mundo entero que es un imposible
fáctico. Sostener que un país puede desarrollarse desinvirtiendo en su
infraestructura es totalmente disparatado.
La obra
pública es una necesidad imperativa, un bien social que tendríamos que
propiciar con entusiasmo y con una planificación adecuada que permita una
asignación eficaz de los recursos. Y esta asignación de recursos no puede
responder solo a criterios meramente economicistas, lo que nos puede conducir a
una indebida concentración geográfica del gasto, sino que debe tener una
racionalidad política y una lógica redistributiva.
La participación
en la carrera por la economía del conocimiento tiene necesariamente que ser una
mixtura virtuosa entre el accionar público y el accionar privado. No podemos
quedar fuera de los avances tecnológicos mundiales por la estupidez de
aferrarnos a un dogma.
El mundo ha
cambiado, y tenemos que verlo en sus formas actuales, para acomodarnos de la
mejor manera posible. La energía y los recursos naturales, extractivos o
renovables, son un bien preciado que debería ser considerada una política de
estado de mediano y largo plazo.
Algo se hizo
en la Argentina, y, con sus idas y vueltas, todos los gobiernos han apoyado el
desarrollo de Vaca Muerta. Lo que sería insensato es la entrega incondicional
de esas riquezas al capital extranjero. Es increíble que mientras las
principales potencias del mundo van a la guerra para asegurarse la propiedad y
el manejo de los recursos energéticos, Argentina los regale al mejor postor sin
una negociación que favorezca ante todo nuestros intereses nacionales. Tenemos
que entender que Vaca Muerta es un emprendimiento mayoritariamente financiado
por una empresa estatal argentina, como lo es YPF. Hay que hacer valer la
propiedad de nuestros recursos naturales y la inversión pública ya realizada en
la materia.
Un proyecto
moderno de país debiera dejar atrás los dogmatismos y los modelos cerrados,
impermeables a toda alteración propuesta por la realidad.
Nota
Completa:
https://sistoteran.substack.com/p/un-modelo-de-pais-una-discusion-necesaria?r=59tawl

