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Opinion: Una discusión necesaria
01/05/2026 | 103 visitas
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Una historia desagradable: “Siempre había sido honesto, que es decir lo mismo que no había tenido la oportunidad de ser deshonesto”.

Sisto Terán Nougués

@sistoteran

El tema del día es que el Jefe de Gabinete Miguel Adorni concurrirá al Congreso de la Nación secundado por el Presidente de la Nación, quien irá a acompañarlo en una especie de rol de simpatizante futbolero, con una patota de seguidores y obsecuentes. No sé, ni puedo saber, lo que sucederá. Lo más probable es que asistamos a otro penoso acto escénico desprovisto de las formalidades institucionales que se requieren para estos casos.

 

Pero hoy me niego a escribir sobre un suceso tan minúsculo, mediocre en toda la dimensión de la palabra. Hacerlo es contribuir al morbo de una sociedad que necesita otro tipo de contribuciones más altruistas y benéficas de parte de la política.

 

A Adorni ya solo cabe aplicarle la cruel anotación que Dostoyevski hiciera respecto de Iván Illich Pralinski, personaje ficticio de su novela corta titulada Una historia desagradable: “Siempre había sido honesto, que es decir lo mismo que no había tenido la oportunidad de ser deshonesto”.

 

A diferencia del personaje del literato ruso, Miguel Adorni tuvo la oportunidad de ser deshonesto y la aprovechó con una torpeza elefantiásica. Su soberbia y sus discursos impregnados de moralina con una hipocresía fenomenal, solo acrecientan el oprobio de lo que se está exponiendo en los medios de comunicación.

 

Creo que hay que dejar de lado esta tragicomedia de enriedos delictivos para, sin olvidar los hechos, centrarnos más en reflotar una discusión que resulta imprescindible a esta altura de los acontecimientos.

 

¿Cuál es el modelo de país que los argentinos queremos proyectar hacia adelante?

En momentos donde el fracaso de Milei ya es evidente, y cuando sus insultos y locuras han perdido todo tipo de gracia, si es que alguna vez los tuvieron, la sociedad empieza a agitarse en busca de la construcción de nuevas utopías de poder.

 

El círculo rojo, periodistas, pensadores, políticos profesionales, outsiders de todo tipo y pelaje, se reúnen cada vez con mayor frecuencia para ir encontrando alternativas posibles para reemplazar esto que huele ya a fracaso importante.

 

Pero la gran mayoría centra sus pensamientos y acciones en las personas y las modalidades de un eventual acceso a un futuro gobierno, y muy pocos intentan hacer el esfuerzo intelectual que requiere preguntarse el “¿para qué?” o el tipo de gestión que se buscaría desarrollar.

 

Tengo para mí como válido un axioma que intento poner siempre como horizonte de acción política, que dice que “un buen gobierno será siempre el que procura lograr la mejor calidad de vida para la mayor cantidad de las personas que componen la sociedad”.

 

Esta consigna ya es un principio rector que condiciona la respuesta al tipo de país que entiendo deseable consolidar.

 

De nada sirve una nación con números estadísticos formidables, con datos económicos positivos en la medición de su Producto Bruto Interno, o en la solidez de sus finanzas públicas, si esos resultados no se reflejan en la vida cotidiana de la gente y no implican una mejoría importante en su calidad de vida. Expuesto más toscamente, no sirve la construcción de un país para pocos, con espectaculares promedios resultantes de una enorme concentración de riqueza en pocas manos, y una alta densidad de exclusión y marginalidad social.

 

El logro de una mejor calidad de vida tiene costos económicos que deben ser afrontados por la sociedad. Y obviamente ese financiamiento tiene que ser sustentable y no debiera apuntalarse en el quebranto de las finanzas del Estado.

 

La paradoja argentina es que nos movemos pendularmente con una velocidad vertiginosa hacia los extremos y abrazamos lo que con cierta presuntuosidad denominamos modelos, a los que adoptamos en calidad de dogmas pétreos, y nos rehusamos a confrontarlos con las realidades contemporáneas, que nos presentan un mundo cambiante y donde los paradigmas de antaño se están resquebrajando.

 

Solemos aceptar prejuiciosamente ideas fuerzas que nos han sido legadas por relatos interesados, y no profundizamos la complejidad del devenir histórico. Siempre es más fácil transitar por andariveles binarios, blanco o negro, bueno o malo, sin entender que la existencia real no tiene esas características tan simples.

 

Para algunos sectores nostalgiosos, las bondades del modelo agroexportador de fines del siglo XIX y principios del siglo XX representan una ideal que parecen añorar, sin entender que ya Manuel Belgrano preconizaba que la verdadera riqueza de la Nación no está en exportar materias primas, sino en trabajarlas, y añadía que “fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio son tres importantes objetos que deben ocupar nuestra atención”.

 

Para otros, la idea de un estado benefactor y una industria protegida por el accionar estatal configura un anhelo deseable, pero olvidan que estas políticas implican costos que hay que afrontar y que muchas veces han generado importantes desequilibrios financieros. El propio Juan Domingo Perón ya en 1952 destacó la importancia de restaurar el equilibrio fiscal y la armonía entre el consumo y la producción.

 

Adicionalmente todas las posturas ideológicas han de sufrir el impacto de la realidad internacional que nos circunda. Por ende, no existen razones lógicas para creer que una idea económica extraída de la academia puede ser aplicada con frialdad en la vida real sin que las consecuencias sean imprevisibles y muchas veces muy dañinas.

 

La teoría debe ceder paso a la realidad y nunca debe aceptarse el proceso a la inversa, como parece ser la pretensión de los dogmáticos que dan conferencias para explicar que sus teorías no funcionan, no a raíz de su incorrección conceptual, sino que siempre la culpa la tienen las circunstancias del momento que se niegan tozudamente a darles la razón empírica.

 

Me da la impresión de que los políticos y los economistas criollos están empeñados más en la demostración de las verdades de sus ideologías que en la racionalidad de aplicarlas con prudencia y raciocinio al caso concreto, teniendo siempre presentes los entornos internacionales, que de alguna manera nos condicionan.

 

Querer una apertura ilimitada de la economía en un mundo que se está cerrando, con los Estados Unidos a la cabeza, es pretender una competencia asimétrica que solo nos puede perjudicar.

 

Dejar todo librado a la mano de los mercados y confiar en su sapiencia para reconstruir eficazmente lo que se destruye parece utópico y poco eficaz.

 

Sostener sin limitaciones un estado bienestar con quebranto del equilibrio fiscal suena igualmente improbable y absurdo.

 

Pensar en la eliminación del estado en términos absolutos es estúpido y dañino. Nuestros antepasados liberales fueron decididamente intervencionistas en materia de educación, seguridad, salud y justicia. Desarticular la presencia del estado en esos ítems es muy peligroso y totalmente ineficaz.

 

No entender que el sector privado de la economía tiene una pujanza dinamizadora que el estado muy difícilmente pueda igualar, es también negarse a aceptar una realidad evidente.

 

Desear un país meramente exportador de materias primas y sin industrias es una locura. Sostener sine die industrias no competitivas tampoco es pertinente.

 

Creer que la obra pública es innecesaria es coquetear con la imbecilidad. Pensar que la inversión en infraestructura es posible solo merced al impulso y la iniciativa privada es insensato y está demostrado en el mundo entero que es un imposible fáctico. Sostener que un país puede desarrollarse desinvirtiendo en su infraestructura es totalmente disparatado.

 

La obra pública es una necesidad imperativa, un bien social que tendríamos que propiciar con entusiasmo y con una planificación adecuada que permita una asignación eficaz de los recursos. Y esta asignación de recursos no puede responder solo a criterios meramente economicistas, lo que nos puede conducir a una indebida concentración geográfica del gasto, sino que debe tener una racionalidad política y una lógica redistributiva.

 

La participación en la carrera por la economía del conocimiento tiene necesariamente que ser una mixtura virtuosa entre el accionar público y el accionar privado. No podemos quedar fuera de los avances tecnológicos mundiales por la estupidez de aferrarnos a un dogma.

 

El mundo ha cambiado, y tenemos que verlo en sus formas actuales, para acomodarnos de la mejor manera posible. La energía y los recursos naturales, extractivos o renovables, son un bien preciado que debería ser considerada una política de estado de mediano y largo plazo.

 

Algo se hizo en la Argentina, y, con sus idas y vueltas, todos los gobiernos han apoyado el desarrollo de Vaca Muerta. Lo que sería insensato es la entrega incondicional de esas riquezas al capital extranjero. Es increíble que mientras las principales potencias del mundo van a la guerra para asegurarse la propiedad y el manejo de los recursos energéticos, Argentina los regale al mejor postor sin una negociación que favorezca ante todo nuestros intereses nacionales. Tenemos que entender que Vaca Muerta es un emprendimiento mayoritariamente financiado por una empresa estatal argentina, como lo es YPF. Hay que hacer valer la propiedad de nuestros recursos naturales y la inversión pública ya realizada en la materia.

 

Un proyecto moderno de país debiera dejar atrás los dogmatismos y los modelos cerrados, impermeables a toda alteración propuesta por la realidad.

 

Nota Completa:

 

https://sistoteran.substack.com/p/un-modelo-de-pais-una-discusion-necesaria?r=59tawl

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