La conoció
en el velorio de su esposo. El pobre hombre no pudo escapar a los resabios del
Covid que fueron de diagnóstico complicado, larga agonía y final anunciado.
En la Sala
Velatoria, entre café y caramelos, le ofreció una misa de funeral que la daría
él como cura de la parroquia. Fue tanto el padecimiento para el muerto y la
familia que, tal vez, pensó, un poco más de rezos bien vendría. Uno nunca sabe
para dónde rumbean las almas cuando en el más allá se blanquean los secretos.
Durante la
misa cruzaron miradas. El esperaba el momento de la comunión y mirarle los ojos
cara a cara. Sentía que Diosito lo estaba poniendo a pruebas como en una
maratón griega, y que por primera vez en sus 50 años de vida dudaba poder
llegar al podio. Un sacramento que no figuraba en el manual, el del sagrado
amor a una mujer, se le clavó como flecha envenenada, no para morir, al
contrario, sentía que todo se le despertaba.
Aunque hacía
años que no se confesaba ella se acercó a comulgar, vaya a saber qué intensión
estaba madurando para que considere de poco peso sus pecados. No lo miró, no
hizo falta, ya no tenía dudas que desde el cielo bajaba una nueva esperanza y
hasta la imaginó sin sotana.
Ambos
querían verse, conocerse, tocarse. Como nunca el tiempo transcurría lentísimo, la
pasión volaba y la telaraña de mandatos sociales no les permitía dormir en paz.
Él se levantaba varias veces durante la noche para orinar y de paso rezar y
tomar agua. Ella se hizo adicta al vino blanco cosecha tardía y ni así lograba
el sueño. Solo quedaba la clandestinidad para probar, aunque sea, un beso, y
después que pase lo que tenga que pasar, no lo que Dios quiera, en una de esas
el Hacedor tenía otros planes.
Buscó razones
donde la mística lo condenaba, recordó dioses griegos que se enamoraron de
mujeres terrenales y vio con otros ojos los inicios del cristianismo donde no
existía el celibato. Comprendió que “uno no descubre el mundo, sino que lo
crea”.
Juntó valor,
fue a verla y le propuso conversar en el confesionario. Allí reconocieron su amor
y ella lo invitó a un Telo para conocerse mejor. Fanática de Silvio Rodríguez, siempre
tarareaba una de sus canciones donde decía “esta mujer propone que salte y me
estrelle”.
Eligieron el
Telo Montecarlo, en la calle Uruguay y Marco Avellaneda, donde podrían llegar
caminando como quien vuelve de la panadería.
Durante dos
años hicieron el amor con todos los milagros y pecados posibles. Un guiso de
sentimientos encontrados condimentaba la duda hasta que decidieron blanquearlo todo,
abandonar el sacerdocio y vivir juntos en Tafí Viejo para evitar el chismerío
del barrio.
En la
capital del limón, entre viagras y perfume de incienso, él conoció el sexo y
ella el orgasmo. Seguramente el Dios verdadero quedó contento.
Juan Serra


