¿Qué es la Historia?
¿Sera un Rio como dicen los
filósofos occidentales, que pasa y no vuelve, que tiene un comienzo y un fin? ¿Sera
circular como dicen algunas tradiciones orientales, donde los pueblos pasan por
ciclos que se repiten?
¿Y quién la escribe, quién la
dicta, quién la cuenta? ¿Será alguien que la vivió, o será alguien que la
inventa?
¿Sirve la Historia para saber de
dónde venimos, qué somos y a dónde nos gustaría ir? O eso era antes y ahora
poco sirve.
El relato histórico, la forma y lo
que se cuenta, van a existir siempre y se supone que, para bien, con héroes y
con patriadas. También puede ser una trampa para desconocernos, para crear desconfianzas,
intolerancias y discriminación, o para mirarnos en un espejo que no nos
devuelve la imagen real. El relato histórico tiene sus riesgos. ¿Sabremos
discernir cuándo suma o cuándo resta?
Vamos al grano con un simple
ejemplo. Al grano de nuestra historia, donde un artefacto tecnológico
aparentemente inocente, El Barco, se convierte en un sutil guerrero del
desencuentro. Desencuentro que aún persiste y nos impide construir un mejor
vivir para todos.
Cuando decimos la palabra Barco la
mente nos conecta con mares, océanos, viajes y gente que viene de otros
lugares. Pero cuando decimos que el Barco trae progreso, nuevas religiones,
otros mejores modos de vida, y hasta la frase “de que los argentinos venimos de
los Barcos”, el imaginario dualista (dividir el mundo en categorías opuestas)
anula lo preexistente, invisibiliza lo originario, esconde lo que ya estaba y
lo suplanta con lo novedoso. El relato histórico sufre así un corte y el Barco
se transforma en el arquitecto de una nueva historia.
Hubo Barcos que trajeron conquistadores
e inmigrantes, pero decir que los argentinos bajamos de Los Barcos es tal vez
un malintencionado relato histórico. Salvo que, como lo ironiza la imagen, Diaguitas,
Mapuches y guaraníes, entre otros, también hayan llegado en algún trasatlántico
con sus bártulos y flechas a cuesta, sus vestimentas llamativas, sus rostros de
colores y un poco de temor por no saber que les esperaba en ese “nuevo mundo”.
Las palabras no son inocentes, crean
una realidad, verdadera o falsa. No es lo mismo descubrir que conquistar,
primitivo que originario, y cuando se convierte en metáfora se introduce más
fácilmente en el sentido común: si todos bajamos de los Barcos es porque antes
no había nadie. Más aún, quien no conoce el rostro y costumbres de los
argentinos que habitan el interior del país lo da por cierto.
Lo sabio es poder darnos cuenta que
los que bajaron y los que estaban conformamos un colectivo en un territorio
común, con diferentes paisajes y diferentes culturas.
¿Ud. lector, de qué Barco bajó?
Juan Serra



