Hace un año
el Papa del fin del mundo fallecía en Roma. Hasta el día anterior había forzado
su ya precaria salud para seguir trabajando en la difusión del evangelio cristiano.
La última
audiencia oficial, en vísperas de su muerte, la concedió, fuera de agenda, al vicepresidente
de los Estados Unidos, JD Vance.
Tenía
profundas diferencias con la administración de Donald Trump, y las había
expresado con valentía y en forma pública. Inclusive había tenido un
contrapunto con Vance. Francisco le envió al presidente estadounidense el 20 de
enero de 2025, día de su asunción al cargo, un telegrama oficial en el que le
decía textualmente:
“Deseo que
bajo su liderazgo el pueblo estadounidense prospere y siempre se esfuerce por
construir una sociedad más justa, donde no haya lugar para el odio, la
discriminación o la exclusión”.
Esa concisa
declaración era un pedido y una advertencia. Unos días antes en un programa de
televisión muy popular en Italia llamado “Che tempo che Fa”, le preguntaron
respecto de las medidas que Trump decía que iba a implementar en relación a los
inmigrantes indocumentados. Su respuesta, lacónica, fue contundente:
“Si es
cierto, será una vergüenza, porque hace que los pobres desdichados que no
tienen nada, paguen la cuenta”.
Ya desde el
primer día el antagonismo entre las posiciones de Francisco y Trump se hizo
evidente.
JD Vance es
un personaje particular. De fe evangélica, decidió adherir al catolicismo en el
año 2019, en que fue bautizado e hizo su primera comunión. Hombre rústico,
imbuido de cierta dosis de fundamentalismo e impregnado de los valores
ultraortodoxos de la derecha norteamericana extrema, con la soberbia de los que
ignoran los límites de sus conocimientos, posteó en la red social X una
respuesta al Pontífice que pretendía tener fundamentos teológicos: “Simplemente
busquen Ordo Amoris en Google”.
Y declaró a
la cadena Fox News, como si fuera un teólogo instruido: “Ama a tu familia,
luego a tu prójimo, luego a tu comunidad, y luego a tus conciudadanos de tu
propio país. Y después de eso, recién puedes centrarte en el resto del mundo”.
Francisco no
dejó pasar por alto estas declaraciones y en su carta abierta a los obispos
estadounidenses, replicó: “El verdadero ordo amoris que debe promoverse es el
amor que construye una fraternidad abierta a todos, SIN EXCEPCIÓN”.
Era
Francisco plenamente consciente del profundo contraste entre la cosmovisión
evangélica y cristiana que él predicaba, y la oleada de odio y discriminación
que se propagaba desde las más altas esferas del gobierno norteamericano.
Sin embargo,
sabiendo de su rol de pastor de almas y líder religioso, hizo un último y
supremo esfuerzo y se avino a recibir a JD Vance, ese hombrecillo menor que le
había desafiado apenas unos meses atrás. Y lo hizo lleno de amor, entendiendo
que ese era el acto obligado del Vicario de Cristo en la tierra.
Se moría, lo
sabía perfectamente. Las fuerzas físicas le estaban abandonando a una velocidad
prodigiosa, y no pudo ni siquiera leer su homilía pascual. Así y todo, hizo un
acopio de sus últimas energías para recibir amorosamente a Vance.
Era un gesto
político y religioso. Era un ejemplo de amor y diálogo dirigido a un mundo
regido por gente que hace de la prepotencia y las bombas su único argumento.
El papa
Francisco y Vance durante su última audiencia en Santa Marta, (Vaticano)
Es
portentoso ese encuentro entre dos hombres tan disímiles. El portaestandarte
del Amor y la Paz recibiendo en sus brazos a uno de los mayores profetas del
odio y la guerra.
Francisco
sabía perfectamente que su liderazgo era solamente moral. Detestaba la guerra y
venía advirtiendo al mundo de la propia locura en la que de a poco íbamos
incurriendo. Jefes de Estado mesiánicos empezaban ya a alentar conflictos
bélicos.
Fue el Papa
argentino el primero en señalar que se estaba gestando una tercera guerra
mundial “de a pedacitos”, y mostró su tristeza y desaprobación al contemplar el
mapamundi infestado de confrontaciones armadas de distinta magnitud en casi
todos los continentes.
Reprobó la
guerra y rezó por la Paz. Fue consistente y tenaz en sus homilías, reiterando
que el mensaje de Jesucristo era fundamentalmente antibélico.
Se abrazó al
Evangelio y recorrió el mundo difundiendo la palabra de Cristo. Sus dichos a
favor de los marginados, de los excluidos sociales y de los afligidos por las
persecuciones resonaron por todos los confines del planeta.
Enfrentó con
hidalguía y santidad el agravio y el insulto. Como Jesús, no dudó en recibir a
sus enemigos y en perdonar los agravios. No excluyó a nadie. Se avino a recibir
a los personajes más controvertidos. Al fin y al cabo Cristo decía que no se
podía hacer “acepción de persona”, o sea que todos debían ser recibidos en el
regazo de su divina misericordia.
Francisco
predicó con el ejemplo. Su voto de pobreza y la austeridad impactante en que
vivía, renunciando al boato de las jerarquías papales, era digno de admiración.
Su mirada
misericordiosa para con los presuntamente pecadores era ilimitada. ¿Quién soy yo
para juzgar?, era uno de sus latiguillos preferidos. Recibía a todos con una
sonrisa beatífica que desarmaba a sus oponentes.
Pero esta
beatitud no implicó jamás debilidad a la hora de defender sus convicciones.
Nunca dudó en enfrentar a los poderosos del mundo, y reclamó con insistencia un
internacionalismo basado en el diálogo y la inclusión social de los más
marginados.
En términos
históricos, por lejos, por una abrumadora e inalcanzable distancia, fue el
argentino más importante de la historia. Su relevancia internacional es única,
no tiene parangón, y difícilmente lo tendrá.
Los
aniversarios son hitos artificiales que los seres humanos hemos establecido a
modo de recordatorio de algo importante. Conmemorar es un acto público, solemne
y colectivo destinado a celebrar, en este caso a una persona.
Conmemorar a
Francisco no es ni debiera ser solo un acto de homenaje circunstancial. Es
nuestra obligación no solo recordar al hombre, sino que debemos refrescar sus
enseñanzas e intentar seguirlas, en la medida de nuestras fuerzas.
Su labor
pastoral no solo se reflejó en sus encíclicas, respecto de las cuales escribí
justo un año atrás, en mi nota titulada “El Papa que los argentinos no quisimos
disfrutar”, sino fundamentalmente en sus múltiples entrevistas televisadas, en
las que no esquivó ningún tema y sostuvo con firmeza sus posiciones siempre
vinculadas indisolublemente a los principios evangélicos.
Sin entender
su dimensión internacional, los argentinos nos empeñamos en una miserable
contienda por llevarlo a los pantanosos vericuetos de nuestra política
comarcana.
Católicos
que decían serlo en voz alta, sin embargo, le despreciaron por sus mensajes de
inclusión social. Con torpeza creían ver en sus palabras un posicionamiento
político coyuntural, sin llegar a comprender que las mismas eran tan solo la
reiteración de la palabra de Cristo.
Jesucristo
fue el primero en levantar su voz para defender a los marginados sociales y
predicó el amor al prójimo como el mandamiento por excelencia de la
cristiandad. Francisco fue tan solo un eco notable de ese cristianismo esencial
y profundamente amoroso.
Por su parte
los progresistas argentinos le exigían que viniera a la Argentina, para agitar
las aguas del descontento social y aprovechar políticamente su figura. No
entendían que, al igual que Cristo, “su reino no era de este mundo”.
Los
contemporáneos le pidieron a Jesús que encabezara una revuelta contra Roma, que
se pusiera al frente de ejércitos… No lo entendieron, y furiosos lo
crucificaron.
La doctrina
cristiana tiene una raíz profunda que la impregna en toda su extensión. Y esa
raíz es la supremacía del Amor, y ese amor implica el ejercicio de una
superlativa capacidad de perdón.
Desde el
punto de vista humano, quizás la más admirable cualidad de Francisco fue la de
perdonar a quien lo ofendió, de ofrecer la otra mejilla, y recibir con los
brazos abiertos a quienes lo agraviaron. Su audiencia con JD Vance es un
ejemplo claro de esta actitud relevante de su personalidad.
Pero quizás
el caso más extraordinario que nos muestra su formidable capacidad de perdón, y
su aptitud para ponerse por encima de las pequeñeces humanas, es su relación
con Javier Milei, el presidente de los argentinos.
Javier Milei
es un odiador serial. Hace del rencor y del insulto una manera singular de
transitar por la vida. Es la antítesis de Francisco. De su boca solo salen
agravios, y todo su esfuerzo intelectual está centrado en ultrajar a todo el
mundo, con la mayor grosería y vulgaridad que tenga a su alcance.
Milei
decidió hacer de Francisco el blanco predilecto de sus injurias. No lo hizo una
vez, ni producto de un arrebato. No fue un exabrupto, sino una deliberada y
reiterada conducta. Un odio profundo le atravesaba el espíritu y desbordaba en
palabras llenas de un rencor absurdo e injustificado…


