El
presidente de El Salvador, Nayib Bukele, dio un nuevo paso en su ofensiva
política y judicial: la Asamblea Legislativa, dominada por el oficialismo,
aprobó una reforma constitucional que habilita prisión perpetua para delitos
graves como homicidio, violación y terrorismo.
La
iniciativa, impulsada por el propio mandatario, modifica el artículo 27 de la
Constitución y rompe con una histórica limitación del sistema penal
salvadoreño, que hasta ahora fijaba topes máximos de condena y priorizaba la
reinserción social.
El proyecto
fue aprobado con 59 votos en una sesión sin debate previo, reflejando el
control que el oficialismo ejerce sobre el Parlamento. La reforma establece que
la cadena perpetua podrá aplicarse exclusivamente a determinados delitos,
aunque no define aún su reglamentación específica.
La decisión
no es aislada: se inscribe en la estrategia de mano dura que Bukele sostiene
desde la implementación del régimen de excepción, vigente desde hace cuatro
años, con el que su Gobierno encaró una ofensiva directa contra las pandillas.
Choque
frontal con organismos de derechos humanos
La reforma
llega en medio de una fuerte controversia internacional. Un informe elaborado
por expertos independientes denunció al Gobierno salvadoreño por presuntos
crímenes de lesa humanidad en el marco del régimen de excepción.
Lejos de
moderar el tono, el Ejecutivo redobló la apuesta. El ministro de Seguridad,
Gustavo Villatoro, lanzó duras críticas contra organizaciones de derechos
humanos, a las que acusó de "defender criminales y de carecer de
legitimidad".
El propio
Bukele también reaccionó con virulencia en redes sociales, cuestionando la
cobertura de medios internacionales y denunciando una supuesta campaña para
exigir la liberación masiva de detenidos.
FIN DE LA
"REINSERCIÓN"
El cambio
constitucional implica un giro profundo en la filosofía del sistema penal
reflejan medios de El Salvador. Hasta ahora, la Constitución establecía que las
cárceles debían orientarse a la rehabilitación de los condenados. Con esta
reforma, el eje se desplaza hacia el castigo permanente para determinados
delitos.
En paralelo,
el endurecimiento ya venía escalando: incluso con límites legales vigentes, la
Fiscalía había logrado condenas simbólicas de hasta mil años contra miembros de
pandillas.
Clima
político más tenso
La reforma
no solo refuerza el perfil de Bukele como líder de mano dura, sino que también
profundiza la grieta con organismos internacionales y sectores que advierten
sobre un deterioro institucional en El Salvador.
Mientras el
Gobierno consolida su administración de seguridad total, crecen las alertas por
el costo en derechos y garantías básicas, en un escenario donde el respaldo
popular convive con crecientes cuestionamientos externos.




