Fue el conde Klemens Wenzel Nepomuk Lothar, príncipe de
Metternich-Winneburg, quien expresó por primera vez lo que sería una constante
de la historia. “Wenn Paris hustet, erkältet sich Europa”, dijo en su alemán
austríaco, que en versión moderna sería un “cuando
París estornuda, Europa tiene la gripe”.
Corrían los tiempos de la revolución de julio de 1830 y,
mientras en el Congreso de Viena se diseñaba un plan para restaurar a las
monarquías europeas, en Francia caía el rey absolutista Carlos X, derogado por
la presión popular. Al pronto llegaba el levantamiento del pueblo en Bélgica
que conduciría a su independencia, y las revueltas liberales arreciaban en
Polonia, Italia y Alemania. Dieciocho años después, en febrero de 1840, Francia
volvería a derrocar a su rey Luis Felipe, y con la instauración de la segunda
República, empezaría lo que se conoció como “la primavera de los pueblos”, el
estallido revolucionario y violento que afectó a múltiples países de Europa. De
las barricadas de Francia, a las revueltas en Viena que forzaron la huida del
canciller Metternich, y de allí a las insurrecciones en Italia, que obligaron
al Papa Pío IX a huir de Roma disfrazado de sacerdote, o a las revueltas en los
estados alemanes que llevaron a la creación del Parlamento de Frankfurt, el
primer intento de unificación de Alemania. Todo empezaba con el estornudo de
Francia, y la gripe se extendía por toda Europa. Más de un siglo después en la
Sorbona, en un mayo de 1968, Francia volvería a estornudar...
Y ahora, 58 años después... Decía Tucídides que la historia
es un reinicio incesante, aunque Marx apostilló que primero se repite como
tragedia, y después como farsa. Es difícil saber en qué punto, entre la
tragedia y la farsa, estamos ahora, pero está claro que el terremoto que ha
sacudido las calles de la République, ha disparado sus réplicas en los países
del entorno. Francia no es una noticia, es un aviso, y como aviso, se convierte
en un símbolo. El estornudo que ha violentado sus ciudades, ha saqueado sus
tiendas, ha quemado su patrimonio y, en suma, ha conseguido poner en jaque al
propio estado, no es la expresión de un conflicto puntual, sino el síntoma de
un volcán que está activo en las profundidades, y que justo empieza a salir a
la superficie. Explota en Francia, pero late bajo la piel de todo el
continente. De ahí que se mimetice en Italia, en Bélgica, en España, en
Portugal, incluso en Albania.
¿Qué
ocurre en Europa?
A trazo grueso, se trata de una crisis global, cuyas
aristas económicas, sociales y culturales agrietan seriamente la solidez del
sistema democrático. El modelo del estado del bienestar, amparado en la
democracia liberal, está sometido a tal nivel de estrés que necesita recortarse
para mantenerse viable. Es por ello que el descontento de los jóvenes de la
generación Z, que ven cómo sus opciones de vida van a ser peores que las de sus
padres, es tan real, como lo son las dificultades que sufren. Recortes en servicios
públicos, déficit de vivienda, encarecimiento de la vida, tasas universitarias,
crisis energética, dificultades del modelo educativo... Detrás de las
manifestaciones, hay motivos, enojos y reivindicaciones que nacen de una
realidad compleja que las democracias actuales no saben cómo atajar. Los
problemas son inminentes y las soluciones se postergan in illo tempore.
Sin embargo, reducir los disturbios y las protestas masivas
a una mera cuestión reivindicativa es un error que impide ver los otros
aspectos que interactúan y agravan la crisis que se cierne sobre el sistema
democrático. Primero, porque, más allá de la lógica reivindicativa de las
manifestaciones, la gravedad y la violencia de los disturbios no nacen por
generación espontánea, sino que están perfectamente dirigidos y organizados. Y
es aquí donde cabe señalar a dos movimientos ideológicos divergentes, pero tácticamente
aliados, que aprovechan la precariedad económica y el descontento de los
jóvenes para alimentar una confrontación directa con el estado. En las calles
de París se manifiestan tres tipos de personas: los que protestan democrática y
legítimamente por sus reivindicaciones; los que se integran en movimientos de
extrema izquierda, que tienen como objetivo la caída del sistema; y los grupos
que se generan en las entrañas del islamismo radical, y cuyo objetivo es la
desestabilización y el caos en las sociedades democráticas. Si los primeros
forman parte de la lógica democrática, los otros dos buscan quebrar la
democracia liberal, lo que en la lógica marxista es “el estado burgués”, y en
la lógica islamista es “el perverso Occidente”. Coinciden en el objetivo y
aúnan sus esfuerzos para conseguirlo. Como han teorizado algunos de los
referentes marxistas más actuales, “con el estado, nunca. Con el islamismo,
cuando convenga”. Y esa “conveniencia” aplica la teoría del caos en sus tres
facetas: romper el statu quo, y generar confusión y polarización extrema;
controlar la narrativa usando la sobreinformación y la propaganda, y
descalificando la información veraz; y provocar la inestabilidad permanente,
dando por caduco y perverso todo lo establecido.
No es casual que no se vean banderas de Francia o de Italia
o de Portugal en todas estas manifestaciones, pero en cambio estén llenas de
banderas palestinas, símbolos antisistema, pancartas que elevan al terrorismo
de Hamás a categoría heroica, y lemas propios del yihadismo, como la banda de
tela verde con la Shahada (“no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”)
que lucen muchos de los uniformados en negro. Si detrás de los grupos de
extrema izquierda hay una voluntad explícita de hacer colapsar la democracia,
detrás del islamismo político existe la misma voluntad igualmente explícita. De
ahí la agresividad, de ahí la violencia, y de ahí el desprecio profundo por las
reglas que regulan la democracia. Decía Giorgia Meloni (quizás la única líder
que puede permitirse ese título) que “quien roba, paga” y que “vandalizar y
agredir no es protesta, sino criminalidad”. Parece sorprendente que sea
necesario verbalizar el puro sentido común, pero así de delirante es la
situación.
Decía Paul Auster que para los que no tenemos creencias, la
democracia es nuestra religión. Una religión con normas, pero sin dogmas, que
ahora se enfrenta a dos ideologías fanatizadas y precisamente dogmáticas.
Europa tiene un problema con el viejo comunismo que acecha con un vestido
nuevo. Tanto como tiene un problema con el islamismo político, que se camufla
en la religión, pero quiere imponer la ideología. Y ambos fenómenos usan,
manipulan y abusan de los déficits que sufren los sistemas democráticos, para
vender su producto. Unos manifestantes defienden sus derechos en democracia,
los otros manifestantes quieren acabar con ella.




