Durante septiembre de 1976, los grupos de
tareas de la policía bonaerense que comandaba en coronel Ramón Camps y el
comisario Miguel Etchecolatz secuestraron y enviaron a centros clandestinos de
detención a estudiantes secundarios que militaban en distintas organizaciones
sociales y estudiantiles. Sólo cuatro sobrevivieron a los tormentos. La
historia y qué sucedió con ellos.
La Plata, luego del golpe de estado del 24 de
marzo de 1976, se transformó en una de las ciudades más castigadas por la
represión ilegal. Por entonces, el coronel Ramón Camps era el despiadado jefe
de la Policía Bonaerense. Y su segundo no le iba en zaga: el comisario Miguel
Etchecolatz. Los militares habían puesto el ojo en la juventud de la capital de
la provincia de Buenos Aires.
En las afueras de la ciudad habían instalado el
centro clandestino de detención La Cacha, uno de los más terribles. Allí
operaban el Ejército, la Policía y el Servicio Penitenciario Bonaerense en la
tarea de la tortura y la desaparición de personas, el último eslabón del
horror.
La Ciudad universitaria, La Plata era la
encrucijada donde se encontraban jóvenes llegados desde todo el país para
estudiar. Desde finales de la década del ‘60, la Universidad Nacional y los
colegios secundarios -en especial los tres que dependían de ella; el Colegio
Nacional, el Liceo Víctor Mercante y la Escuela de Bellas Artes- eran ámbitos
de profundo debate político y militancia. Los focos de atención de los
estudiantes eran las agrupaciones revolucionarias, como la Tendencia peronista
y la izquierda.
Cuando llegó septiembre del 76, los grupos de
tareas ya habían sembrado el terror. Cerca del Día de los Estudiantes, entre el
9 y el 21 de septiembre, dieron un golpe brutal. Secuestraron a diez jóvenes
estudiantes de colegios secundarios. Algunos militaban en la Unión de
Estudiantes Secundarios (UES). Otros, en la Juventud Guevarista. La mayor parte
de los secuestros sucedieron al caer la tarde del 16 de ese mes.
A esa faena en las sombras se la bautizó La
noche de los lápices. Luego de meses de tormentos y encierro, cuatro de ellos
fueron pasados a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, como se decía a los
presos políticos que no estaban procesados por la justicia. Y sobrevivieron.
Pero a 50 años de la triste historia, seis
permanecen desaparecidos. En el informe de la Comisión Nacional sobre la
Desaparición de Personas (CONADEP), se indica que “los adolescentes
secuestrados habrían sido eliminados después de padecer tormentos en distintos centros
clandestinos de detención, entre los que se encontraban: Arana, Pozo de
Banfield, Pozo de Quilmes, Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires
y las Comisarías 5ª, 8ª y 9ª de La Plata y 3ª de Valentín Alsina, en Lanús, y
el Polígono de Tiro de la Jefatura de la Provincia de Buenos Aires”.
En 1975, durante el gobierno de Isabel Perón,
las agrupaciones juveniles de La Plata tenían su propio monstruo, su propia
Triple A, la Concentración Nacional Universitaria. No obstante, habían luchado
por conseguir -y lo obtuvieron- el boleto estudiantil. Por eso siempre se dijo
que habían sido secuestrados por militar esa conquista. Sin embargo, no parece
probable. Más bien, fue la arrasadora brutalidad de los hombres de Ramón Camps,
que se encargaban de “marcar” a los militantes para luego capturarlos y llevarlos
a las mazmorras del Proceso. Como dijo en una entrevista Emilce Moler, una de
las sobrevivientes, “nos detuvieron porque éramos militantes de la UES, no
fuimos víctimas inocentes”.
Aunque bajo el rótulo de La noche de los
lápices se circunscriben los sucesos de diez jóvenes, desde un tiempo antes era
incesante la desaparición de estudiantes secundarios. De ello da cuenta la
Resolución no. 1048/15 de la Universidad Nacional de La Plata, que reparó los
legajos de estudiantes víctimas del terrorismo de Estado. Por increíble que
parezca, hasta ese momento aún figuraban, en casi todos los casos, como
“desertores” de las instituciones educativas a las que pertenecían.
Allí se señala que “este hecho histórico,
constituido por una serie de secuestros de estudiantes secundarios con
militancia política y estudiantil efectuados en La Plata durante el mes de
setiembre de 1976, se enmarca según investigaciones recientes de esta
Universidad, en el plan sistemático de exterminio que llevó adelante la última
dictadura cívico militar. Que esta persecución se inició a fines de 1975, con
el asesinato de Ricardo Arturo “Patulo” Rave, dirigente de la Unión de
Estudiantes Secundarios (UES) de La Plata y continuó durante los años de la
represión dictatorial”.
Además, menciona todos los casos registrados en
septiembre de 1976. Allí se puede leer: “El 1° de setiembre de 1976, tras ser
citados por Juan Antonio Stomo, Vicerrector del Turno Mañana del Colegio
Nacional “Rafael Hernández”, cuatro alumnos fueron interrogados por personal de
civil dentro de esa institución: Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcasciano,
Pablo Pastrana (militantes comunistas) y Cristian Krause. Al salir de la
escuela, excepto Pintado que logró escapar, a pocas cuadras los restantes fueron
secuestrados y puestos en cautiverio bajo condiciones inhumanas, en un Centro
Clandestino de la región y tiempo después fueron liberados”. Y continúa: “el 4
de septiembre de 1976, fueron secuestrados los estudiantes secundarios Victor
Triviño de la Escuela Media N° 2 “La Legión” quien continúa desaparecido,
Fernanda Maria Gutiérrez egresada del Liceo “Victor Mercante”, Graciela Torrano
del Bachillerato de Bellas Artes “Prof. Francisco Américo De Santo”, Luis
Cáceres de la Escuela Técnica y Carlos Mercante del Colegio del Pilar, éstos
últimos cuatro estudiantes eran militantes del Grupo de Estudiantes Socialistas
Antiimperialistas (GESA)”.
El 8 de septiembre de 1976 fue secuestrado el
primero de los diez jóvenes a los que se asocia con La noche de los lápices.
Gustavo Calotti tenía 17 años e iba a quinto año del Colegio Nacional Rafael
Hernández. Lo increíble de este caso, según él mismo declaró ante el Tribunal
Oral N° 1 que investigaba el secuestro de Nilda Eloy, es que fue capturado en
su trabajo como empleado de la sección Correo de la Tesorería de la Jefatura de
la Policía Provincial, a metros del despacho del comisario Etchecolatz. Pasó
por la División de Cuatrerismo de Arana, donde lo torturaron.
También contó que el 23 de septiembre fue
llevado junto a un gran número de detenidos a la Brigada de Investigaciones de
Quilmes (el Pozo de Quilmes) y que en medio del traslado bajaron a muchos de
los desaparecidos de La noche de los lápices. Allí vio detenida a Emilce Moler.
Luego fue llevado a la Comisaría 3° de Valentín Alsina, y más tarde lo
derivaron a la Unidad 9 de La Plata, ya detenido a disposición del PEN. Fue
liberado el 25 de junio de 1979. Tres meses después se fue del país. Durante
esos 90 días, dijo, fue seguido en forma permanente.
El 15 de septiembre, una célula de la policía
de Camps llegó al domicilio de la calle 73 n° 2539 de Claudio de Acha, que
tenía 17 años, estudiaba en el Colegio Nacional de La Plata y militaba en la
UES. Según la investigación que se llevó adelante en El Juicio a las Juntas fue
trasladado a algunos centros clandestinos bonaerenses, parte de lo que se
conoció como “el circuito Camps”. En primer lugar lo llevaron al Destacamento
de Arana y luego al Pozo de Banfield. Es uno de los seis desaparecidos de La noche
de los lápices.
El 16 fue el día con mayor cantidad de
secuestros. Allí cayó María Clara Ciocchini, a quien llamaban “La Cieguita”.
Nacida en Bahía Blanca, donde había sido scout en la Orden Pequeña Obra,
comenzó a militar en los barrios carenciados de esa ciudad. Ese trabajo la puso
en la mira de la Triple A. A finales de 1975, su madre se mudó a La Plata. Allí
formó parte de la UES y se puso de novia con Humberto Ungaro.
Por seguridad, no dormía en su casa. Lo hacía
en un departamento de la calle 56 n°568, que pertenecía a su tía Rosita.
Pensaba en dejarlo, cuando un grupo de tareas la capturó. Fue enviada, como De
Acha, al Destacamento de Arana y el Pozo de Banfield. Y está desaparecida.
Con María Clara cayó su amiga María Claudia
Falcone. Era la más joven de los secuestrados en La noche de los lápices: tenía
16 años y estudiaba en el Bachillerato de Bellas Artes, que dependía de la
UNLP. En su casa siempre hubo militancia política. Su padre fue intendente de
La Plata durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón.
Ella era la delegada de su curso y formaba
parte de la UES. Una vez secuestrada, hizo el mismo derrotero que su amiga
María Clara. Y continúa desaparecida. Su madre, Nelva Méndez, fue Madre de
Plaza de Mayo, y falleció en 2007 sin encontrarla.
El novio de María Clara, Horacio Ungaro tenía
17 años. Como era pecoso, le decían Guille como al personaje de Mafalda. De
Gonnet, cursaba el secundario en el Normal N°3. Deportista, le gustaba la
natación. Buen alumno, también estudiaba francés. Su militancia la llevaba
adelante en barrios carenciados de Berisso y en la UES. Cuando lo secuestraron
en una casa de la calle 116 n° 542 estaba junto a su amigo Daniel Alberto
Racero. Lo trasladaron a los mismos lugares del “circuito Camps” que a María
Clara y María Claudia. Hoy sigue desaparecido.
Racero, al que llamaban “Calibre”, era un año
mayor que Horacio. Nacido el 24 de junio de 1958 en Puerto Belgrano, su padre
era un suboficial de la Marina, fallecido en 1973. Como su amigo, militaba en
la UES, con la que había participado en campañas de vacunación, de reparación
de viviendas y de apoyo escolar en villas de la periferia platense. Transitó
por los mismos centros clandestinos de detención. Y continúa desaparecido.
Uno de los mejores amigos de María Claudia
Falcone era Francisco López Muntaner, al que sus amigos llamaban Pancho. Como
ella, tenía 16 años y estudiaba en el Colegio de Bellas Artes. En esa
institución lo habían becado por ser parte de una familia numerosa, en la que
tenía cinco hermanos. Además de militar en la UES, colaboraba con su padre, que
tenía un pequeño almacén. En su casa de la calle 17 n° 2123 fue secuestrado y
llevado al Destacamento de Arana y al Pozo de Banfield. Pancho es otro de los
desaparecidos. Estos últimos cuatro casos fueron parte del mismo operativo, y
en muchos casos, los miembros del grupo de tarea llevaban consigo hasta los
planos de las casas de los chicos.
El 17 de septiembre, el horror llamó a la
puerta de Emilce Moler. Tenía 17 años, venía de una familia antiperonista y su
padre era comisario retirado. Se había enterado del secuestro de sus amigas
Claudia y María Clara la noche anterior, cuando hablaba con sus compañeros del
Bellas Artes sobre las actividades del Día de la Primavera. Sabía que estaban
viviendo en la casa de una tía. Y sintió que esa noche estaría más segura si
dormía en la casa de su padre.
Nada detenía a las hordas de la bonaerense.
Entraron al domicilio y la encontraron en pijama. Tuvieron, al menos, la
consideración de dejarla vestirse. Pero nada más. Estuvo en el Destacamento de
Arana y otros dos centros clandestinos. Es una sobreviviente, y pudo describir
el horror en una entrevista con El monitor de la Educación: “Nos desnudaron y
nos empezaron a hacer preguntas; ya en una situación de máxima vulnerabilidad.
El que me interrogaba era una persona grandota,
no le respondí lo que me preguntó y me pegó mucho... Las cosas empeoraron
cuando se enteraron de que era hija de un policía, porque mi papá me estaba
buscando. El 23 de septiembre, nos sacaron a todos en un camión y empezaron a
bajar a Claudia, a Maria Clara, a Horacio, que eran los chicos que yo
reconocía. Ahí se bifurcó la historia; yo seguí con Patricia.
Nos llevaron a la brigada de Quilmes y en
diciembre nos comunicaron que estábamos a disposición del Poder Ejecutivo. Yo
no sabía ni qué era eso. Nos trasladaron y después entré a Devoto en enero del
77, con 17 años”.
A Patricia Miranda se la llevaron sólo porque
ese día estaba con Emilce repasando unos ejercicios de matemáticas. Estudiantes
de Bellas Artes, no militaba en política ni en ninguna agrupación estudiantil.
Pero lo mismo fue torturada en el “circuito Camps”: pasó por el Destacamento de
Arana, el Pozo de Quilmes y la Comisaría 3° de Valentín Alsina. Más tarde
estuvo dos años presa en la cárcel de Devoto. Mientras estaba detenida a
disposición del PEN, su madre falleció. Pidió ir al velorio y no se lo permitieron.
Salió en libertad en 1978. Y nunca quiso brindar su testimonio.
El último de los secuestrados fue Pablo Díaz.
Estudiante del Colegio España -adonde iban los repetidores platenses- es el
mayor de los secuestrados en La noche de los lápices, y uno de los más
acérrimos cuadros de la UES, además de miembro de la Juventud Guevarista. En
septiembre de 1975 había sido parte de la primera marcha por el boleto
estudiantil.
En esa oportunidad llovía, y no eran más de
diez en el reclamo. El 21 de septiembre del 76 tenía 18 años cuando, a las
cuatro de la mañana, cuatro autos sin identificación se detuvieron frente a su
casa. Intentaron derribar la puerta a golpes. Como no pudieron, tocaron el
timbre. Su hermano les contestó por una ventana. Preguntaron por él. Pablo bajó
la escalera, y abrió. Lo tiraron al suelo, le taparon los ojos con una venda y
se lo llevaron. Además, dijo en su testimonio, robaron joyas de su madre y una
cámara fotográfica. Lo llevaron al Destacamento de Arana, allí lo torturaron
durante horas. Una noche vio al cura Christian Von Wernich. Les dijo que era
“el sacerdote de acá”, y que habría fusilamientos. También, insistente, le
inquirió: “¿En qué andabas?”.
Pablo testificó que lo peor fueron los
simulacros de fusilamiento: “Me sacaron, me pusieron junto a un muro, me
dijeron que había otras personas, otras chicas, me dijeron: ‘los vamos a
fusilar, a donde van a ir van a estar mejor’. Las chicas lloraban, había
desmayos. Yo no sé por qué reaccioné así, pero me quedé mudo, llorando.
Tiraron, se escucharon descargas. Yo creí… estaba esperando que me saliera por
algún lado sangre, estoy muerto, no estoy muerto… es un segundo, pero es eterno
ese segundo”.
Puesto a disposición del PEN, a Pablo lo
trasladaron a la Unidad 9 de La Plata, de donde salió con 22 años. Nunca volvió
a la escuela. Hasta que, en 2022, a los 64 años y a través del programa FINes,
logró finalizar los estudios secundarios.
La última materia fue matemáticas, y
la aprobó con 7. A la violencia de la policía de Camps le ganó dos veces.
Primero, cuando sobrevivió a la tortura. Y ahora, cuando terminó el colegio.




