Cuando el guardia de la tienda intentó detenerlo, se resistió, y en el forcejeo, se rompió un estante.
El juez lo miró y le preguntó suavemente:
¿De verdad has robado estas cosas?
Sí, señor, -murmuró el chico-.
¿Por qué?
Porque las necesitaba. -respondió-.
Podrías haberlas comprado.
No tenía dinero.
Entonces pídeselo a tu familia – increpo-
Solo tengo a mi madre, señor... está enferma y desempleada.
El pan y el queso eran para ella. -Sentencio el niño.
La sala quedó en silencio.
El juez volvió a preguntar:
¿No trabajas?
Lavo coches, señor... pero hoy pedí permiso para cuidar de mi madre.
¿Le has pedido ayuda a alguien?
He estado pidiendo limosna desde la mañana... nadie me ha ayudado.
El juez se golpeó la cabeza contra la silla. Su mirada se suavizó y, tras un momento de silencio, leyó su veredicto:
“El robo, especialmente el robo de pan, es un delito grave. Pero hoy, todos los presentes en este tribunal son responsables de este robo, incluyéndome a mí. Porque si un niño tiene que robar comida para su madre enferma, entonces nosotros, como sociedad, hemos fracasado.
Luego, para sorpresa de todos, anunció: “Multo a todos los presentes, incluyéndome a mí, por permitir que exista el hambre en nuestra ciudad. Nadie saldrá de esta sala hasta que haya pagado.” Dejó caer 10 dólares de su propio bolsillo sobre la mesa.
Y el juez continuó: “Impongo una multa de 1000 dólares al dueño de la tienda por entregar a un niño hambriento a la policía en lugar de alimentarlo. Si esta cantidad no se paga en 24 horas, este tribunal ordenará el cierre de la tienda”.
El Juez, hizo estallar el martillo condenatorio, como sentencia final. Sabía que, hacia Justicia, por sobre la injusticia. El ruido inundo toda la sala, que metía un miedo fantasmal, con su silencio.



