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SISTO TERÁN NOUGUÉS
Escribo
desde el fastidio que ya deja inferir el título de esta nota. El estado de
ánimo influye siempre en el escritor, y viene bien ponerlo al descubierto de
antemano, a manera de prevención precautoria para la interpretación del lector.
Ocurre que
desde hace ya catorce meses que escribo todas las semanas, y tengo la impresión
de estar incurriendo en un molesto “deja vu”, esa expresión francesa tan
descriptiva, que nos señala la sensación que tenemos de estar reiterándonos en
la observación de hechos ya vistos con anterioridad.
La
corrupción de un funcionario público no es algo novedoso, la grieta y la
polarización extrema son parte de nuestro escenario desde hace varios años ya,
y el fracaso de la política para interpretar a sus sociedades parece ser un
hecho consumado de antigua data.
Veamos las
tres cuestiones enunciadas en el título:
1.- Adorni
me tiene saturado
Manuel
Adorni era siempre un personaje periférico, marginal, condenado a priori a una
existencia irrelevante para las grandes mayorías. Ideologizado al extremo,
abrazó un dogma y peregrinó por los pasillos de los medios de comunicación en
busca de conchabos laborales para subsistir como un panelista muy secundario en
algunos programas televisivos y radiales.
Su vida
transcurría en una mediocridad más o menos saludable y su “modus vivendi” era
el de una típica persona de clase media esforzada y laboriosa. Habitaba un
departamento muy chico, de unos pocos metros cuadrados, adquirido mediante un
préstamo del IVC, el Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires
destinado a personas que no pueden acceder a una vivienda propia. O sea que,
cuando la necesidad lo apremió, abandonó su dogma libertario, y se abrazó
amorosamente a los beneficios sociales que el malvado estado puso a su
disposición.
El abandono
de la idea cuando esta se interpone con el beneficio personal no es nada nuevo.
Recordemos que el propio Milei, odiador serial de los empleados públicos, no
tuvo pudor alguno en aceptar un empleo público en la Cámara de Diputados de la
Nación para ser empleado de Antonio Domingo Bussi, condenado por crímenes de
lesa humanidad.
Contradicciones
menores, pecados veniales que podrían ser ignorados, si no fuera por la
incomprensible agresividad tanto de Milei como de Adorni en insultar y
defenestrar a todo aquel que actuó como ellos mismos actuaron.
La diosa
fortuna, que juega caprichosa con el destino de los hombres, le otorgó a este
personaje desteñido una oportunidad única, sensacional e irrepetible. Tras años
de ejercer el secundario rol de panelista marginal, brindando sus ideologizados
puntos de vista con una parsimonia rayana en el aburrimiento, apareció en su
vida San Milei.
El abrupto y
un tanto inesperado ascenso de Javier Milei a la presidencia de la Nación lo
llevó a ocupar un puesto privilegiado en el entorno del poder, puesto con el
cual jamás soñó, y para el que obviamente no tenía preparación política alguna.
Llegó con su
libreto libertario bajo el brazo, se impuso una impostura canchera, sobradora y
mal educada y se transformó en el vocero presidencial, un hombre que hizo del
desprecio hacia sus antiguos colegas un culto, y que no tuvo ningún pudor en
mentir descaradamente cuando hizo falta. El hombre que accedió inesperadamente
al poder público, era una persona que despreciaba y envidiaba los privilegios
que, a su juicio, gozaban impúdicamente los funcionarios públicos.
No es de
extrañar que muy pronto el discurso y los hechos tomaran caminos diferentes.
Siguió hablando mal del empleado público y del estado, pero en paralelo edificó
en torno suyo un poderoso aparato militante, con gastos millonarios e
inexplicables, siendo la suya una de las áreas privilegiadas del presupuesto
nacional.
Para los
jubilados, las universidades, los docentes, la obra pública, la cultura o los
discapacitados, no había plata. Para Manuel Adorni siempre hubo recursos, cada
vez más cuantiosos y cada vez más injustificados.
Desde su
tribuna continuó abominando el nepotismo, mientras se encargaba prolijamente de
incorporar familiares y amigos, inclusive su propio hermano, a la función
pública, la misma que dice detestar.
Y empezó a
disfrutar impúdicamente las mieles de esos privilegios tan criticados y
envidiados antaño, y tan afrodisíacos para el nuevo estilo de vida que empezó a
construir para sí mismo.
Un personaje
sobrador y canchero, tiene rasgos de soberbia que le enceguecen y le enturbian
el entendimiento. Y esa soberbia le llevó a trasponer los límites de la
decencia con una torpeza llamativa. Todo iba bien, hasta que lo descubrieron,
como suele suceder, por una minucia estúpida y ostentosa, de esas que
constituyen una afrenta imperdonable para el ciudadano común.
Lo pescaron
usando el avión presidencial para transportar en él a su mujer, sin ninguna
razón válida ni jurídica para hacerlo, y compartiendo con ella las lujosas y
costosas habitaciones de un hotel en el extranjero. Los privilegios son tan
hermosos, que da mucha pena no compartirlos con la esposa, aparentemente.
A partir de
allí, todo fue de mal en peor. Cada explicación que pretendía dar lo fue
hundiendo más y más. Sus estúpidas y soberbias respuestas lo fueron
complicando, y fueron apareciendo a diario nuevos hechos de corrupción que lo
comprometían.
Casi en
simultáneo se filtraron audios en la causa $Libra que prueban la necesaria
participación de Milei en la que se denomina la estafa del siglo en materia de
criptomonedas.
Nadie lo
dice, pero a Milei, el escándalo Adorni termina resultándole funcional.
Distrae a la
opinión pública y a los medios con sus particularidades obscenas y escabrosas,
y evita que pongamos el foco de atención en la actuación sospechosa del fiscal
Taiano reteniendo pruebas importantes sin mayores explicaciones. Entonces,
mientras en apariencia lo sostiene y lo respalda, lo entrega a los lobos para
que lo despedacen. Los más encarnizados son los periodistas afines. No hacen el
menor esfuerzo por defenderlo, y todos los días aportan un hecho nuevo, un
mamarracho novedoso que evidencia el indebido enriquecimiento ostentoso que
Adorni ha construido en tan solo dos años de ejercicio del poder.
En una
mayúscula ofensa al buen gusto y al verdadero sacrificio de una población
mayoritariamente agobiada por las privaciones a las que es sometida por la
gestión libertaria, Adorni, con desparpajo nos dice que se “desloma laburando”,
mientras él y su mujer pernoctan en hoteles cinco estrellas en Estados Unidos.
Aparecen luego viajes a Punta del Este en aviones privados, adquisiciones de
departamentos carísimos y subvaluados, financiados en apariencia con préstamos
emanados de ignotas mujeres monotributistas y una de ellas jubilada, compra de
una casa de campo en Exaltación de la Cruz, en un country con campo de golf y
amenities de altísimo nivel.
El humilde
personaje secundario se ha encumbrado a posiciones no solo de disfrute de
privilegios, sino también ha incrementado su patrimonio desde la función
pública de manera inexplicable.
Manuel
Adorni me tiene saturado, porque su historia es tan mediocre e insípida que
genera cansancio espiritual tener que narrarla. No es el primero, ni será el
último en esta saga de individuos hipócritas, que hablan como si fueran santos,
y a los que pronto descubrimos como delincuentes de poca monta.
Y reitero,
Milei lo va a defender mientras pueda. Adorni conoce secretos que lo
comprometen, es parte de su círculo íntimo, y hay que generarle la sensación de
que se lo está acompañando, cuando lo que en realidad se está haciendo con esta
penosa historieta, es usarlo como elemento de distracción respecto de problemas
mayores que le involucran de manera directa.
Las
incongruencias y falsedades de Adorni le conducirán a un destino
inevitablemente de oprobio y olvido en el mediano plazo. Una anécdota más como
la de José Luis Espert, y tantos otros de tránsito fugaz, efímero y penosamente
corrupto. En el mientras tanto los medios de comunicación se regodean con
perversa satisfacción vapuleando al sobrador defenestrado con esa saña
infatigable que tanto exacerba el morbo de las gentes comunes…

