Por: SISTO TERÁN NOUGUÉS
Todos los argentinos sabemos y opinamos con suficiencia y
autoridad respecto de dos materias específicas: Fútbol y Economía. Somos “sabelotodo”
por definición y cuando hablamos, no opinamos, simplemente sentenciamos. Y
vamos con el tiempo creando frases-emblema de raigambre futbolístico, que
incorporamos a nuestro lenguaje y transformamos en conceptos que se aplican a
todo. “La pelota no se mancha”, “Boca es un cabaret”, “Paso a Paso”, por citar
algunos ejemplos son hoy de uso común y nos ayudan a describir situaciones y
momentos de la vida cotidiana con una rica raíz metafórica.
Una de esas citas futboleras es “irse a la B”. Tres
palabras y la letra, sintetizan como pocas esa angustiante sensación de caer al
abismo. Es el descenso mismo a las profundidades del Infierno más temido.
Cuando un argentino promedio quiere graficar que algo otrora valioso se ha
desprestigiado y se deslizó hacia el precipicio de lo peor, usa esta frase con
matices de sentencia inapelable y descalificadora.
Un economista de profesión, hoy destacado miembro de la
nueva casta política, mal que le pese, José Luis Espert, en el 2018 al
enterarse que el Presidente Macri había recurrido al Fondo Monetario
Internacional, rápido de reflejos y con una agudeza comunicacional excepcional,
en un reportaje público dijo: “Ir a pedirle plata al FMI es irse a la B”. De
manera lapidaria Espert nos decía su parecer sobre lo que implicaba recurrir a
un empréstito con el FMI, con esta decisión Macri había hecho descender a la
Argentina a la segunda división del concierto internacional.
Es fundamental entonces en este artículo intentar al menos
explicar de manera más o menos clara lo que nos está pasando, no sin antes
advertir que, como no soy economista, hablo no como un experto en la materia,
sino que lo intentaré hacer de buena fe y basado en los dichos de los propios
protagonistas y en mi experiencia política personal.
El apoyo de videos cortos nos permite ser más precisos ya
que no son mis opiniones las que volcaré en este escrito, serán más bien los
pensamientos que me sugieren los dichos expresos de los actores principales de
estos sucesos. Veamos:
1. ¿Qué significa tomar deuda pública?
Los individuos en nuestro quehacer particular solemos
recurrir al préstamo por dos motivos. Para invertir o para afrontar gastos
corrientes. En el primer caso la deuda es una herramienta que puede ser muy
útil y virtuosa, si la inversión nos sale bien, y transformarse en angustiante
peso a futuro si el negocio sale mal. En el segundo caso siempre es un
paliativo transitorio, indeseable, nadie debería tomar deuda para pagar los
gastos diarios porque carga intereses innecesarios a los mismos. Se trata de un
recurso extremo, que nos ahoga financieramente y no nos deja nada concreto,
solo quebraderos de cabeza.
Con los Estados el análisis es exactamente igual. Si
tomamos un crédito para financiar infraestructura, la operación deja una contraprestación
tangible (la obra que decidimos ejecutar), pero si el objetivo es cubrir gastos
corrientes el riesgo de que la plata se vaya y la deuda quede se incrementa.
Vamos a ver que piensa Milei de la deuda pública.
“La forma que usa el político más desalmado y más populista
y más salvaje y más mentiroso es el endeudamiento. El endeudamiento es una
forma absolutamente inmoral de enfrentar la situación porque la deuda no son
más que impuestos futuros entonces quiere decir que la fiesta del presente está
siendo pagada por el trabajo de personas en el futuro, es decir, personas que
no votan, personas que ni siquiera nacieron, es decir, es profundamente
inmoral, están financiando la fiesta del político populista hoy, a cambio del
esfuerzo de generaciones que ni siquiera pueden manifestarse en las urnas”.
Pocas veces he visto un Milei más sincero y calmo que en la
oportunidad en que hizo estas declaraciones.
Pero esta no fue una manifestación aislada, cuando en su
rol de Diputado de la Nación tuvo que votar un Acuerdo con el FMI propuesto por
el gobierno de aquel entonces. Ratifica con contundencia los mismos conceptos.
En definitiva, cuestiona severamente desde el punto de vista moral estos
acuerdos y los considera profundamente inmorales. Consecuente con su
pensamiento y sus dichos, votó en contra del Acuerdo.
2. ¿Qué es el Fondo Monetario Internacional?
Durante décadas el FMI era una sigla despreciada y
simbolizaba lo más perverso de los mecanismos internacionales de intervención
económica en los países del tercer mundo. Las consignas de cuanto reclamo
social se hacía a lo largo y lo ancho del mundo occidental siempre tenían
carteles denostando al FMI y sus políticas.
Es lógico entonces que cuando Mauricio Macri anunciara de
improviso que regresábamos a la esfera de los empréstitos con el organismo, la
reacción primaria haya sido de estupor y desconfianza. “Nos íbamos a la B” y a
nadie le gusta eso. Pronto empezaron los justificativos, y los medios de prensa
afines al gobierno hicieron su trabajo de hacernos creer que no era tan grave
tomar una deuda monstruosa con vencimientos a priori impagables y que
condicionarían las políticas económicas de la Argentina por décadas.
Asistimos a una fenomenal fuga de capitales y de los 45.000
millones de dólares que llegaron ningún argentino sabe realmente dónde fueron a
parar y qué cosa concreta y tangible quedó a nuestro favor. Lo único que
sabemos es que tenemos una deuda que nos atraviesa y asfixia, al punto tal que
todo el quehacer económico pasa por la discusión de cuanto y cuan profundo
deben ser los ajustes para garantizar el pago de la deuda. Deuda dura,
expresada en dólares, que es justamente la moneda que no disponemos y que
genera cíclicamente alteraciones serias en nuestra economía.
Javier Milei, con su particular estilo nos dice claramente
que el “FMI es una institución perversa”. Veamos:
No solo Milei nos dice que detesta el FMI, nos avisa que
cuando un gobierno recurre al mismo solo es para que este le ponga la plata
necesaria para prolongar la agonía y transferir el problema a las sucesivas
administraciones. A confesión de parte, relevo de prueba.
3. Descendemos nuevamente
Nos fuimos a la B en el año 2018, lo dijo Espert y Milei
condenó con virulencia el episodio. Ahora en 2025 nos volvemos a ir a la B.
Insólitamente el Director Técnico del equipo es el mismo:
Luis Caputo. En 2018 convenció a Macri y a los argentinos que lo mejor que
podíamos hacer era endeudarnos. Dujovne, el Ministro de Economía, había
reconocido en forma expresa que, a su juicio, la única virtud del kirchnerismo
era que dejaron un país sin deuda externa. Caputo sería el encargado de
aniquilar esa virtud. Lo hizo en una magnitud y con unos modos que generaron
escándalo y su actuación en aquella oportunidad está siendo aún hoy objeto de
investigación administrativa. La maniobra financiera de aquel entonces permitió
enriquecer abruptamente a unos pocos y le significó ser eyectado de sus
funciones como Presidente del Banco Central de la República Argentina.
Dos economistas se transformaron en los críticos más
brutales de Caputo. Javier Milei y José Luis Espert. Este último lo acusó
frontalmente de usar “los dólares para poner techo al dólar y asegurarle las
ganancias a sus amiguitos”.
Javier Milei lo acusó formalmente a Luis Caputo de haber
“fugado 15.000 millones de dólares” y de ser el responsable de uno de los más
grandes desastres monetarios en la historia del Banco Central de la República
Argentina. Veamos:
En política estamos acostumbrados a los cambios de opinión
y partidos políticos, pero aquí no estamos hablando de percepciones personales,
se trata de análisis puro de hechos objetivos, y no se entiende la insistencia
en la utilización de los mismos personajes cuestionados para avanzar por los
mismos senderos.
4. ¿Para qué nos endeudamos esta vez?
Esta pregunta configura una respuesta imposible a la luz de
los datos que disponemos. En realidad no sabemos ni monto, ni plazo, ni
características de la operación autorizada a ciegas por la Cámara de Diputados
de la Nación, por lo que expedir opiniones es aventurado. Caputo mismo confiesa
que no sabe los montos del préstamo. Insólito pero real.
Las declaraciones del Ministro
que reconoce no saber la cuantía del eventual acuerdo indica una verdad de
perogrullo: no hay
acuerdo, se está instrumentando uno. Por eso, para
referirnos a esta negociación estamos obligados a hacer preguntas sin
respuestas y a confiar a ciegas en lo que nos dicen funcionarios que ya mintieron en
anteriores ocasiones.
El
sentido común pregunta: ¿si
tenemos superávit fiscal, por qué necesitamos contraer nueva deuda? Nos
contestan: “no es nueva deuda”, sustituimos acreedor.
Si nos dan la plata la usaremos para pagar obligaciones que
tenemos con el BCRA. Lo que le debemos al BCRA pasaremos a debérselo al FMI.
Pero si llegan fondos frescos y pagamos intereses, ¿no incrementamos los montos
de la deuda pública? No hay respuesta, porque insólitamente no sabemos si
llegan estos fondos y en qué tiempo y volumen lo harán.
La curiosidad interroga: ¿se utilizarán estos
eventuales dólares prestados para seguir interviniendo en el mercado cambiario?
¿O acaso es la antesala de la liberación del cepo y/o algún tipo de banda
cambiaria? Mutis por el foro. Nadie contesta nada y crecen las especulaciones y
rumores.
La experiencia cuestiona: Si afirmamos que todos los acuerdos
anteriores con el FMI terminaron en fracasos y crisis económicas, si nuestro
Presidente sostiene que este tipo de negociaciones solo sirvieron en el pasado
para profundizar colapsos y dilatar agonías, si los actores principales son los
mismos de otras aventuras fallidas, ¿por
qué esta vez todo va a salir bien? Nos dicen: tenemos
superávit fiscal y esto hace la diferencia. Esta vez es distinto, ratifican, y
nos invitan a un acto de fe ciega que nos mueve a grandes dudas.
Carlos Maslatón, economista liberal, explica que ese presunto
superávit fiscal no existe. “Hay
un desequilibrio fiscal tremendo” sostiene y afirma que el
equilibrio que se pregona es a través de una artimaña contable que consiste en
no contabilizar los intereses de la deuda en pesos, los que se registran recién
al momento de su vencimiento. Maniobra contable legítima, pero que esconde un
desequilibrio persistente que se agudiza a medida que se incrementan las
colocaciones en pesos y se aumentan las tasas de interés.
5. ¿Qué nos pedirá el FMI
como condición objetiva para enviarnos fondos nuevos y autorizar nuevos
empréstitos o reformular los existentes?
Nadie regala plata sin al menos
plantear condiciones que al menos mejoren las posibilidades de cobrarle la
deuda al deudor. La pregunta es entonces: ¿Qué nuevo condicionamiento nos será
requerido por el FMI? Imposible saberlo. No tenemos acceso, ni lo tendremos a
la letra chica de lo que se estaría conversando.
Presumimos que quizás el Fondo
esta vez tome mayores recaudos para evitar que se canalicen hacia el financiamiento
de una nueva fuga de capitales. Al fin y al cabo “el que se quema con leche ve
una vaca y llora”. Quizás se exija correcciones al actual esquema cambiario de
intervención del BCRA para asegurar una paridad que le garantiza al Gobierno
que esta oficie de una especie de “ancla antiinflacionaria”, aunque el costo
sea pérdida de competitividad para las exportaciones argentinas. No lo sabemos.
Lo que sí importa destacar es que
pareciera estar abriéndose un disenso interno entre el Presidente de la Nación
y su Ministro de Economía en este punto. Al menos así lo expuso abiertamente
Ricardo Arriazu en su última disertación en la que manifestó su preocupación al
respecto. Dijo que le consta que Milei y el Fondo están buscando fijar “bandas
de flotación” para el dólar mientras Caputo quiere seguir interviniendo
fuertemente para controlar el valor de la moneda estadounidense. Arriazu, uno
de los pocos economistas ortodoxos que refirma en todos lados su apoyo al
programa económico, por primera vez expresa que es partidario firme de la
intervención y anuncia graves inconvenientes si se avanza hacia una liberación
del cepo que no sea gradual. Nada más pragmático y antiliberal que esta
afirmación. Lógicamente estos dichos de una persona tan escuchada en los círculos
financieros es una señal de alerta que habrá que seguir con atención. Lo que es
indudable es que este programa económico es fuertemente dirigista e
intervencionista y muy poco liberal. Al menos así lo sostienen entre otros
Roberto Cachanosky, Diego Giacomini o Carlos Maslatón.
Finalizo estas líneas contando
una anécdota personal que me marcó significativamente y que puede ser traída a
colación respecto del momento que estamos viviendo.
Allá por marzo o abril del año
2001 me tocó participar como Vicegobernador en ejercicio de la Gobernación de
Tucumán a una reunión de Gobernadores en la Casa de Salta con el entonces
flamante Ministro de Economía Domingo Cavallo. Discutimos mucho y fuerte. Lleno
de preocupación fui a visitar a Álvaro Alsogaray, gurú económico liberal por
antonomasia con quien tenía una magnífica relación. Al llegar le conté que
había participado en una fuerte controversia con Cavallo sobre la situación
económica nacional. Consciente de que el Ministro por fuerza era mucho más
versado que yo en la materia, le pregunté a Alsogaray en que estaba equivocado
mi razonamiento.
“En nada”, me contestó. “Tiene
usted razón, estamos por asistir en unos meses a una debacle económica de un
programa llamado liberal y basado esencialmente en la más antiliberal de las
medidas: una paridad cambiaria fija. Cuanto más se demore la corrección, más
doloroso será el costo social que habrá que pagar”.
Como entenderán salí muy
preocupado de la reunión.
Obvio que, más allá de la
anécdota, los escenarios varían y no necesariamente tienen que volver a suceder
cosas terribles, pero el pasado reciente es una lección a la que deberíamos
acudir con frecuencia para no reiterar errores. Desde ese lejano 2001 aprendí a
desconfiar de los economistas profesionales y empecé a apoyar mis valoraciones
mucho más en la simplicidad del sentido común.
Y el sentido común me dice que
hay problemas serios en la Argentina que están en pleno proceso de ebullición.
Al fin y al cabo, no puedo dejar de recordar que, maldita sea, ¡de nuevo nos
fuimos a la B!



