Nada es imposible en el devenir
humano. Hay quienes esperan que alguna vez se invente un dispositivo que pueda
extraer de las almohadas los pensamientos más tortuosos y lavar las culpas, limpiar
todo lo malo que se pueda y dejar los virtuosos, así no tener que tirar ni las
almohadas ni las conciencias. Bien usada, esa tecnología podría abrir las
puertas a secretos ocultados desde hace 50 años, algunas abuelas recuperar sus
nietos y cientos de familiares saber de sus desaparecidos.
Este relato, basado en La Memoria, es
parte de todo eso, ocurrió en la década de 1970, ocho meses después del golpe
cívico militar del 24 de marzo de 1976.
Era demasiado porfiado cuando se le
metía una cosa en la cabeza.
Quería a toda costa comprar un
lavarropas automático, de esos que recién aparecían por Tucumán y que, si bien
eran costosos, hacían el trabajo completo de lavar, enjuagar y centrifugar sin tener
que andar tocando y oliendo la ropa.
Comprarlo era su mayor preocupación,
no quería que su esposa y sus hijos tengan contacto con las cosas sucias que
traía del trabajo y, para evitar preguntas, mencionaba la necesidad de
modernizarse y aliviar las tareas del ama de casa.
A pesar de los peros de Julieta, su
esposa, que ya contaba con un lavarropas a paletas y un secarropa, fue hasta
“Casa Tía” de la calle muñecas primera cuadra y compró el automático nomás. Lo
trajo en una camioneta y lo instaló en el lavadero, desenchufando el viejo y
enchufando el nuevo, memorizando las indicaciones sobre su manejo y la recomendación
de que el jabón a utilizar sea, si o si, de baja espuma.
Para el Barrio de Villa Alem fue
todo un acontecimiento. Julieta chapeaba con el centrifugado y las vecinas curiosas
se las ingeniaban para ir a upitear su funcionamiento y de paso tirarle ondas a
Ramón, el benefactor, que descubrió la vanidad aceptando donar el lavarropas
viejo para que sea sorteado en el Club Juan Bautista Alberdi.
¿Qué tal centrifuga?, solía
preguntar Ramón. Quería estar seguro que los secretos que traía su ropa se
vayan bien lejos. Tenía la manía de programar el lavado prolongado y, las más
de las veces cuando llegaba de madrugada, después de introducir su ropa se
quedaba mirando el vidrio del frente, bamboleando su cabeza al compás del
lavado asegurándose que todo saldría bien.
Una madrugada Ramón se asustó
mucho. Cuando llegó el momento del centrifugado el lavarropas empezó a saltar y
golpear contra la pared. El Barrio conmovido lo relacionó con espantos y él con
la violenta noche de gritos y sangre que habían tenido en la Brigada de
Investigaciones de la Policía Provincial. No lo usó durante varios días hasta
que un técnico le indicó que era un problema de nivelación.
Cuando se festejaban los cumpleaños
familiares el lavarropas formaba parte de la atracción. Antes de soplar las
velitas todo el mundo quería verlo, y en el trabajo Ramón aconsejaba a sus
compañeros de tareas que compren uno. Les decía que “un electrodoméstico podía
ser tranquilizador y mejorador del sueño, pero que nunca se olviden de
conseguir un nivel”.
@Juan Serra
