Vi un par de videos (de los muchos que están circulando en las Redes y en los Medios de Comunicación), que muestran enfrentamientos y violencia física y verbal entre alumnxs de Colegios de Tucumán. Solo un par y con eso fue más que suficiente. En el último que vi, una chica, no conforme con haber golpeado y tirado al suelo a su “contrincante”, intentaba ahogarla hundiendo su rostro entre el cordón y la cuneta de la calle, en ese momento con un importante caudal de agua, debido a la lluvia.
Uno de nuestros hijos fue el que nos lo mostró durante la cena, momento en el que en casa tenemos la sana costumbre de mantener un “acuerdo de partes”, mediante el cual acordamos que el momento de la comida es para alimentar no solo el cuerpo, sino además nuestras mentes; nuestro espíritu de primera comunidad y nuestro sentido de pertenencia. Por eso no hay TV durante las comidas; no hay celulares y, mucho menos, contemplaciones al momento de expresar cada uno sus opiniones, lo que nos brindó la posibilidad de enseñar a nuestros hijos, lo innecesario que es para nuestras vidas, consumir productos nocivos como Tinelli; Legrand; Giménez; Gran Hermano y tanta basura reciclable con que los Medios contaminan nuestras neuronas, desde hace décadas.
Al ver los videos y la violencia desatada, luego me enteré sobre la existencia de Grupos de WhatsApp que crearon estas juventudes, para planificar más enfrentamientos entre Colegios e indicar coordenadas.
Las opiniones de nuestros tres hijos fueron variadas, aunque bastante similares. Incluso el menor se preguntó ¿por qué esos adolescentes no iban a una cárcel?, cosa preocupante desde mi mirada de Padre, porque significa que – a pesar de todos nuestros mecanismos de defensa – la onda expansiva de los discursos reduccionistas que volvieron en estos días a insistir con bajar la edad de inimputabilidad, están llegando. Siempre se las ingenian para que lleguen, lamentablemente.
Luego de escuchar a hijos y a esposa, opiné al respecto, pero no cargué contra las juventudes que peleaban (tal vez eso esperaban Nacho; Tomás e Hipólito), sino contra la autoridad Familiar. Madres y Padres: ¿dónde están?; ¿escuchan y hablan con sus hijxs?; ¿conocen quiénes son sus amistades y qué denominadores comunes comparten, en cuanto a gustos, deseos y expectativas?; ¿debaten en sus casas, sobre las Redes insociales y el contenido que frecuentemente ven en las mismas?
La ausencia de una madre o de un padre, no necesariamente tiene que ser física para que sea tal. La ausencia de autoridad expresa desinterés y éste, a su vez, un profundo vacío en el niñx o adolescente, porque no hay guía; no hay coordenadas. Y es allí cuando lo externo toma el manejo de la situación: con violencia naturalizada (como la que practica el Presidente Javier Milei, tan limitada; básica y retrógrada, como su tribuna de loros parlanchines) y con coordenadas dictadas por otros (iguales; factores de Poder; narcomenudeo; etcétera).
Libertad no significa soltar la mano, ni como Padre o Madre, ni como Estado. Libertad significa formar y enseñar a los que caminan con nosotros por estos tiempos y, mucho más, a los que vienen por detrás.
*Javier Ernesto Guardia Bosñak


