La expresidenta lleva meses en silencio público, pero se
mantiene activa en contactos con dirigentes del PJ. De qué se habló en San José
1111, las diferencias sobre el gobernador bonaerense y la disputa con
mandatarios alineados con Milei. La batalla por las PASO
Cristina Kirchner casi no habla en público de política
desde hace meses. Pero no dejó de recibir visitas, conversar por teléfono ni
seguir las discusiones de un peronismo que busca reorganizarse para 2027. El
silencio de la expresidenta, en el departamento de San José 1111 donde cumple
prisión domiciliaria por la condena en la causa Vialidad, contrasta con la
intensidad de los movimientos a su alrededor. La visita de Sergio Massa, el
viernes anterior al Día de la Lealtad, expuso una de esas conversaciones y
volvió a poner en foco la ruptura con Axel Kicillof y el malestar con
gobernadores justicialistas que colaboran con Javier Milei.
El encuentro con Massa duró unos 40 minutos y había sido
acordado tras una conversación telefónica. Según pudo saber Infobae de fuentes
inobjetables, no hubo una negociación de candidaturas, una discusión sobre el
armado bonaerense ni un pacto para bloquear las aspiraciones presidenciales de
Kicillof. La charla giró en torno de las elecciones brasileñas, los próximos
comicios en Estados Unidos y un asunto local: Cristina Kirchner quiso saber si
el Gobierno reuniría los votos para suspender las primarias abiertas,
simultáneas y obligatorias (PASO). La evaluación entre quienes siguen esa
discusión es que, por ahora, la Casa Rosada no consiguió los respaldos
necesarios, pese al optimismo que transmite Diego Santilli.
La fotografía política de una visita admite
interpretaciones opuestas. El encuentro confirmó la cercanía y la frecuencia
del diálogo entre la expresidenta y el jefe del Frente Renovador, un eje
político consolidado dentro del universo panperonista. Massa y Cristina
Kirchner mantienen contacto habitual, personal o telefónico, en una relación
que atravesó enfrentamientos y reconciliaciones. En 2013, él rompió con el
kirchnerismo y construyó su propio espacio; en 2019 integró el Frente de Todos
y, en 2023, fue candidato presidencial de la coalición. Ahora conserva una
interlocución que otros dirigentes peronistas perdieron.
El contrapunto más evidente es Kicillof. Cristina Kirchner
y el gobernador bonaerense llevan más de un año sin hablarse. La última
conversación ocurrió el 1 de octubre de 2025, cuando él la visitó durante una
hora y media en San José 1111, en la previa de las elecciones legislativas.
Ambos sectores calificaron la reunión como constructiva, pero no hubo una foto
conjunta. Esa ausencia, que ya expresaba la fragilidad del vínculo, cobró otro
significado con el paso de los meses: no hubo un nuevo encuentro ni una
recomposición de la relación y nada hace pensar que en el corto plazo esa
situación pueda cambiar.
En el kirchnerismo señalan que la puerta de la vivienda de
Cristina Kirchner permanece abierta para los dirigentes que soliciten visitarla
y obtengan autorización judicial. La frecuencia de los contactos con Massa hace
más visible la ausencia de Kicillof, aunque el distanciamiento excede una
visita pendiente. Está en discusión el liderazgo de un electorado que todavía
reconoce la centralidad política de la ex presidenta, mientras el gobernador
busca construir una conducción propia y proyectarse al escenario nacional sin
tutelas desde San José 1111.
El 17 de octubre exhibió esa distancia sin necesidad de
declaraciones cruzadas. Kicillof encabezó su acto en La Matanza, reivindicó a
Cristina Kirchner y sostuvo que estaba injustamente presa, pero también se
ofreció a recorrer el país y asumir responsabilidades de cara a las elecciones
presidenciales. Máximo Kirchner estuvo en Chaco junto a Jorge Capitanich,
mientras la militancia se reunió frente al domicilio de la ex presidenta.
Varios intendentes participaron de más de una convocatoria. El peronismo compartió
la efeméride y las consignas, pero no logró producir una escena de conducción
unificada.
Massa introduce un matiz en esa fractura. Su proximidad a
Cristina Kirchner no implica coincidencia con el trato político que recibe
Kicillof desde sectores del kirchnerismo duro. Ante interlocutores con los que
conversa sobre el futuro del Partido Justicialista (PJ), ha sostenido una
premisa: “Hay que cuidarlo”. Es una diferencia con quienes interpretan que la
consolidación del gobernador como aspirante presidencial exige confrontarlo y
erosionar su construcción. Para Massa, preservar la figura de Kicillof no
supone renunciar a sus propias posiciones, sino reconocer que el peronismo
necesitará dirigentes con capacidad de convocatoria.
El silencio de Cristina Kirchner es otra pieza del tablero.
Desde su detención, redujo de manera pronunciada sus intervenciones en las
discusiones cotidianas, aunque el sábado salió al balcón para saludar a los
militantes que fueron a San José 1111. No existe una prohibición judicial
general que le impida opinar sobre política. Su condición de detenida, sin
embargo, impone límites materiales, modifica sus rutinas y condiciona su
participación pública. En el universo kirchnerista también interpretan que hablar
menos mantiene en primer plano la situación judicial de la ex presidenta.
Ese retraimiento es la estrategia que impera para la
reorganización del peronismo. Máximo Kirchner y dirigentes cercanos a la ex
presidenta mantienen conversaciones con referentes de distintas provincias.
Entre los interlocutores figuran el propio Capitanich, Sergio Uñac, Ricardo
Quintela y dirigentes de peso de Santa Fe. La búsqueda apunta a ampliar los
acuerdos y explorar candidaturas que reciban respaldo de distintas vertientes.
La posibilidad de que Gerardo Zamora integre una fórmula forma parte de las hipótesis
que circulan en el peronismo, pero no hay una negociación concreta. Los
contactos políticos y las decisiones electorales siguen siendo asuntos
distintos.
Por ahora, la batalla más inmediata no está en las
candidaturas, sino en el Congreso. El Gobierno se propone eliminar o, al menos,
suspender las PASO nacionales de 2027. Para Milei, se trata de una reforma que
reivindica por el costo del mecanismo y su crítica a las primarias
obligatorias. Para el peronismo, en cambio, la herramienta tiene valor
estratégico: permite que sectores enfrentados compitan dentro de una misma
coalición, legitimen a un candidato mediante el voto y lleguen a la elección
general sin resolver todas las disputas en negociaciones cerradas.
Defender las primarias significa preservar un instrumento
de organización interna e impedir que el Gobierno concrete una de sus
principales iniciativas sobre las reglas electorales. Es una confrontación
institucional con consecuencias directas para la competencia de 2027. La
coincidencia reúne a dirigentes que no logran acordar sobre el candidato
presidencial ni la conducción partidaria: Cristina Kirchner, Massa, Kicillof y
operadores parlamentarios como José Mayans, Juliana Di Tullio y Cecilia Moreau
trabajan sobre un objetivo compartido.
El oficialismo necesita 37 votos para aprobar su reforma en
el Senado, y los respaldos todavía no están asegurados. Santilli negocia con
gobernadores y dirigentes provinciales que distinguen entre eliminar las
primarias de forma definitiva y suspenderlas por una elección. Algunos
mandatarios radicales se muestran dispuestos a discutir una suspensión, sin
acompañar la desaparición del sistema. Esa diferencia obliga a la Casa Rosada a
ajustar sus cálculos. También explica el interés de Cristina Kirchner por conocer
el estado real del poroteo: una cosa es el mensaje de confianza del Gobierno;
otra, la posibilidad de reunir la mayoría parlamentaria.
El peronismo tampoco dispone de un plan alternativo
indiscutido. Una interna partidaria nacional presenta dificultades de
organización, padrones, financiamiento y legitimidad ante sectores que
desconfían entre sí. La elección general con varios candidatos de origen
peronista es otra hipótesis, pero implicaría riesgos de dispersión y exigiría
acuerdos previos para evitar una ruptura definitiva. Las PASO ofrecen una
solución procedimental, aunque no garantizan por sí solas la unidad posterior.
El mecanismo puede ordenar candidaturas, pero no reemplaza la confianza entre
quienes deberían compartir un proyecto de gobierno.
Ahí aparece el factor Jaldo, que introduce un conflicto
distinto y sensible. El gobernador de Tucumán utilizó el acto del 17 de octubre
en el Hipódromo para reclamar autonomía frente a las conducciones nacionales.
“Nadie de Buenos Aires, sea del partido que sea, me va a venir a decir lo que
tengo que hacer con mi provincia. Tucumán está primero”, afirmó Osvaldo Jaldo.
También ratificó su voluntad de competir en 2027. Fue una definición dirigida a
sus adversarios internos, en medio de una disputa creciente con el exgobernador
Juan Manzur, que organizó su propia celebración de la fecha peronista.
En La Cámpora respondieron con una interpretación que
invierte el argumento de Jaldo. Sostienen que el mandatario reivindica
independencia frente a Cristina Kirchner y el PJ nacional, pero acepta
indicaciones políticas de la Casa Rosada. En ese cuestionamiento mencionan a
Milei, Karina Milei, Santilli y Santiago Caputo, a quienes atribuyen capacidad
de influir en las decisiones de su bancada. La acusación de que recibe órdenes
de esos funcionarios pertenece al terreno de la disputa política: no está demostrado
que exista una cadena de instrucciones sobre cada votación, pero los
legisladores que le responden, ante cada definición parlamentaria, optan por
alinearse con la Casa Rosada. La frase que sintetiza ese reproche en La Cámpora
es: “Los porteños lo tienen cortito”.
La semana pasada hubo un ejemplo concreto. Gladys Medina,
Javier Noguera y Elia Fernández, los tres integrantes del bloque Independencia
vinculados a Jaldo, no concurrieron a la sesión en la que la oposición intentó
avanzar contra el DNU 70/2023. El tablero registró 121 presentes y faltaron
ocho para alcanzar el quórum. Sus ausencias no fueron las únicas ni explican
por sí solas el resultado, pero contribuyeron a que el oficialismo evitara la
discusión sobre uno de los decretos centrales de la gestión de Milei. Es el
tipo de episodio que profundiza el reproche de los sectores kirchneristas.
El enfrentamiento también tiene una dimensión tucumana.
Manzur se fotografió con Cristina Kirchner y quedó situado en la vereda opuesta
a Jaldo, su antiguo compañero y también rival político. El gobernador construye
una relación propia con el Poder Ejecutivo nacional y defiende esa estrategia
con el argumento de las necesidades provinciales. El kirchnerismo distingue esa
conducta de la de fuerzas territorialmente autónomas, como las que gobiernan
Misiones o Neuquén, cuya identidad no depende de la conducción del PJ. El
reproche hacia Jaldo es diferente: llegó al gobierno como peronista y sigue
reclamando esa pertenencia mientras acuerda posiciones legislativas con Milei.
Las tensiones quedaron condensadas en aquellos 40 minutos
de San José 1111. Cristina Kirchner y Massa hablaron de elecciones en otros
países y dedicaron a la política argentina una pregunta concreta sobre los
votos del Gobierno. No resolvieron las candidaturas ni la pelea bonaerense.
Pero esa pregunta señaló dónde se juega, antes de cualquier definición
personal, una parte decisiva del proceso que deberá atravesar el peronismo:
preservar o reemplazar las reglas con las que intentará resolver sus disputas
mientras prepara la confrontación electoral con Milei.




