En pocos días, llegará a la Argentina el Papa
León XIV, una visita de profundo significado espiritual, histórico y político
que conmueve a nuestra patria. Su presencia no es solo un acontecimiento
diplomático o un encuentro multitudinario; es la llegada del sucesor directo de
una cadena apostólica milenaria. Para comprender la magnitud de lo que
significará esta visita para el pueblo argentino —un momento de reencuentro,
renovación de la fe, consuelo en tiempos complejos y fortalecimiento de la
unidad nacional—, es conveniente hacer un repaso del papado, su significado y
su historia.
Todo comenzó en el polvo del camino a Cesarea
de Filipo que aún cubría los mantos de aquellos doce hombres que caminaban
junto al joven rabí de Nazaret. Nada en aquella tarde calurosa de Palestina
dejaba entrever que una frase pronunciada al pasar alteraría la historia de la
humanidad para los siguientes dos milenios. Jesús miró fijamente al impulsivo,
tosco y muchas veces dubitativo pescador de Galilea, Simón, hijo de Jonás, y
cambiando su nombre para siempre, le dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia”.
En esa simple sentencia, breve y rotunda como
un hachazo sobre la roca, comenzaba una historia institucional sin parangón, un
hilo ininterrumpido que conecta las riberas del lago de Tiberíades con la
majestad marmórea de la basílica más grande de la cristiandad. Pedro no era el
más erudito entre los discípulos, ni el más elocuente, pero llevaba en sí la
madera bruta sobre la cual se cimentaría una comunidad destinada a sobrevivir
al mismísimo Imperio Romano y el destino final de aquel liderazgo no podía ser
otro que el martirio bajo el reinado furioso del emperador Nerón. Traicionado
por el fuego que devoró la ciudad y acusado falsamente de haber provocado el
incendio, Pedro fue conducido al Circo de Nerón, ubicado en la ladera de una de
las colinas de la margen derecha del río Tíber. Sintiéndose indigno de morir de
la misma manera que su Maestro, el pescador solicitó ser crucificado cabeza
abajo. Una vez expirado, sus devotos seguidores retiraron con sigilo su cuerpo
martirizado y lo sepultaron a pocos metros de allí, en un cementerio pagano
junto a la Vía Cornelia en la colina vaticana. A la muerte de Pedro, la
conducción de la frágil comunidad cristiana no recayó en una estructura
burocrática ni en un palacio de mármol, sino en hombres humildes perseguidos
por la maquinaria estatal del imperio y será el san Cipriano de Cartago que
acuñaría la célebre fórmula sobre la unidad de la Iglesia, dejando en claro que
el obispo de Roma era el polo de atracción indiscutible de la ortodoxia
cristiana.
San Pedro
Pedro fue uno de los apóstoles preferidos de
Jesús. Se llamaba Simón y era pescador
Pero ¿por qué al obispo de Roma se lo llama
Papa? La palabra “Papa” proviene lisa y llanamente del griego pápas (πάπας), un
término afectivo, cotidiano y tierno utilizado en la antigüedad clásica para
llamar al “padre” o “papá”. Aunque en el medioevo surgió la curiosa creencia de
que el vocablo “Papa” era un acróstico redactado por las cancillerías
medievales. Aún hoy se escucha la teoría de que PAPA proviene de la conjunción
de las palabras: Petri Apostoli Potestatem Accipiens (“El que recibe la potestad
del apóstol Pedro”) o bien de la expresión: Petrus Apostolus Princeps
Apostolorum (“Pedro Apóstol, Príncipe de los Apóstoles”) aunque la lingüística
histórica y la filología desmienten categóricamente esa romántica versión.
El rostro institucional del papado experimentó
una metamorfosis radical a partir del siglo IV. Con el Edicto de Milán en el
313 y la conversión del emperador Constantino, la fe hasta entonces perseguida
emergió de las sombras para vestirse con los ropajes de la administración
imperial y a pesar de las transformaciones geopolíticas, la magnificencia de
los Palacios Apostólicos y la grandeza de la basílica erigida por el emperador
Constantino sobre el Vaticano, subsistía una pregunta histórica y arqueológica crucial:
¿se encontraba realmente la tumba de San Pedro bajo el altar mayor del templo
romano? La tradición oral y escrita lo afirmaba incesantemente, pero durante
siglos no hubo comprobación científica directa.
La respuesta definitiva comenzaría a gestarse
en medio de uno de los periodos más oscuros del siglo XX. En 1939, tras la
muerte del papa Pío XI, su sucesor, el diplomático y severo Pío XII, ordenó
reacondicionar las grutas vaticanas para alojar la sepultura de su predecesor.
Al excavar bajo el nivel del piso de la basílica, los obreros chocaron
inesperadamente con las estructuras intactas de una necrópolis romana del siglo
I. Intuyendo el inmenso valor histórico del hallazgo, Pío XII autorizó en
secreto una campaña arqueológica bajo el suelo sagrado de San Pedro. Los
arqueólogos, dirigidos por monseñor Ludwig Kaas y con el concurso de notables
sabios, trabajaron minuciosamente entre escombros y tierra húmeda a pocos
metros de la sepultura donde los papas habían sido enterrados durante siglos.
“Pedro está aquí”
Tras años de paciente remoción de estructuras
paganas, encontraron un pequeño monumento sepulcral adosado a un muro rojo
cubierto de grafitis antiguos en griego y latín. Entre ellos destacaba una
inscripción fundamental: Petros eni, que traducido del griego significa “Pedro
está aquí”. Dentro de un nicho secreto en el muro, envueltos en un tejido de
púrpura bordado con hilos de oro, se hallaron los restos óseos de un hombre de
unos 60 a 70 años, de contextura robusta, al que le faltaban los huesos de los
pies, un detalle escalofriante que coincidía con la práctica de amputar los
pies a los ajusticiados para desclavarlos rápidamente de las cruces invertidas.
En la Nochebuena de 1950, Pío XII anunció al mundo a través de la Radio
Vaticana que la tumba del Príncipe de los Apóstoles había sido finalmente
hallada. Las excavaciones científicas habían confirmado lo que la fe había
sostenido durante diecinueve siglos: el altar de Miguel Ángel y Bernini
descansaba con precisión milimétrica sobre los huesos del tosco pescador
galileo.
Sin embargo, a medida que pasaban las
centurias, la figura del pontífice acumuló una deslumbrante retahíla de títulos
honoríficos: Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles,
Supremo Pontífice de la Iglesia Universal, Primate de Italia, arzobispo y
Metropolitano de la Provincia Romana, Soberano del Estado de la Ciudad del
Vaticano y Siervo de los Siervos de Dios. Esta impresionante titulación puede
deslumbrar a los historiadores o a la diplomacia internacional, pero la
teología católica más pura y elemental aclara el misterio esencial: despojado
de la púrpura, de la tiara de tres coronas y de los honores diplomáticos, el
Papa es el Sucesor de Pedro, y nada más. En esa simplicidad radical descansa
todo el peso de su autoridad moral.
El siglo XX impuso desafíos descomunales a la
institución del papado, transformándola a una velocidad vertiginosa. Tras la
pérdida de los Estados Pontificios en 1870, el Papa quedó liberado de la pesada
carga de ser un soberano territorial para transformarse en una voz
eminentemente ética de resonancia planetaria. Los pontífices de la centuria
pasada debieron atravesar guerras mundiales, totalitarismos atronadores y
metamorfosis culturales sin precedentes.
León XIII había inaugurado el siglo abordando
la cuestión social en la encíclica Rerum Novarum; Pío X promovió la renovación
litúrgica; Benedicto XV clamó en vano contra el “suicidio de la Europa
civilizada” durante la Primera Guerra Mundial; Pío XI condenó con firmeza
implacable tanto al nazismo como al comunismo ateo; y Pío XII debió conducir la
nave de la Iglesia en la penumbra trágica del Holocausto y la Segunda Guerra.
El gran viraje del siglo vendría de la mano del
anciano y bondadoso Juan XXIII, quien sorprendió al mundo al convocar el
Concilio Vaticano II para “abrir las ventanas de la Iglesia y dejar entrar el
aire fresco”. Pablo VI, el intelectual atribulado pero firme, llevó a buen
puerto esa asamblea conciliar y se convirtió en el primer pontífice de la era
moderna en subir a un avión para peregrinar por los cinco continentes. Tras el
fugaz y entrañable pontificado de 33 días de Juan Pablo I, la elección del cardenal
polaco Karol Wojtyła como Juan Pablo II en 1978 alteró el mapa de la
geopolítica global.
Para la República Argentina y para toda América
Latina, el papado dejó marcas indelebles que moldearon de forma directa nuestra
historia contemporánea. Juan Pablo II no fue una figura lejana o confinada a la
geografía europea. En junio de 1982, en plena Guerra de las Malvinas y con un
país sumido en el dolor y la incertidumbre, el Santo Padre pisó suelo argentino
en una visita relámpago e históricamente inédita, trayendo un mensaje de paz,
consolación y fraternidad en momentos desgarradores para nuestro pueblo.
Volvería en 1987, en una apoteósica gira donde fue aclamado por millones de
jóvenes en las avenidas de Buenos Aires.
El valor estratégico y humanitario del papado
para la Argentina ya había quedado demostrado apenas unos años antes, cuando la
mediación personal de Juan Pablo II y de su enviado, el cardenal Antonio
Samorè, evitó una conflagración bélica fratricida con la hermana República de
Chile por el diferendo del Canal Beagle en las vísperas de la Navidad de 1978.
La autoridad moral del Papa logró frenar los tanques y silenciar los cañones
donde las diplomacias tradicionales habían fracasado rotundamente.
Sin embargo, la historia del papado daría un
vuelco inédito e histórico para nuestro país en marzo de 2013. Aquel día, la
fumata blanca del Cónclave anunció al mundo que el cardenal argentino Jorge
Mario Bergoglio había sido elegido como el pontífice número 266 de la Iglesia
Católica. Al adoptar el nombre de Francisco, el arzobispo de Buenos Aires no
solo se convirtió en el primer Papa latinoamericano y el primero no europeo en
más de doce siglos, sino que llevó la impronta, las dolencias y la fe del “fin
del mundo” al corazón mismo del Vaticano. Que un hijo de nuestra tierra,
formado en los barrios y en la pastoral social de la Argentina, haya sido
elegido para guiar a más de 1.300 millones de católicos significó un orgullo
imborrable y una bisagra histórica en el vínculo de la patria con la Sede de
Pedro.
La inminente llegada del Papa León XIV renueva
esa larga historia de encuentro entre la Sede Apostólica y el pueblo argentino.
Su visita no es un hecho aislado: se apoya en los cimientos colocados por Pedro
en la Colina Vaticana, se nutre de las mediaciones históricas que preservaron
la paz en nuestras fronteras y recoge la herencia espiritual del propio Papa
Francisco, cuyo pontificado dejó una marca indeleble en la conciencia social de
nuestra nación. Para la Argentina, la presencia de León XIV significará un
bálsamo de esperanza en medio de los desafíos actuales, una oportunidad para el
encuentro fraterno por encima de las divisiones y un recordatorio de que la
autoridad moral del Santo Padre sigue siendo un faro para la búsqueda del bien
común.
Al recibirlo, el pueblo argentino no solo abre
sus brazos a un líder espiritual mundial, sino que reafirma su lugar dentro de
una trama histórica y milenaria que, desde las orillas del Jordán hasta el Río
de la Plata, continúa llamando a la concordia y a la paz.

