La decisión abre interrogantes sobre los límites del poder,
la transparencia y el ejemplo institucional que debería dar la Justicia.
La Justicia suele hablar de institucionalidad, de respeto
por las normas y de igualdad ante la ley. Lo hace desde una posición de
autoridad, como si esos principios fueran una obligación exclusiva de los
demás. Pero ¿qué sucede cuando quienes deben dar el ejemplo empiezan a estirar
las reglas para resolver sus propios asuntos?
En Tucumán, la prórroga por ocho años de la designación de
Adela María Seguí como directora académica de la Escuela Judicial deja una
pregunta incómoda: ¿cómo se pasa de un cargo concursado por dos años a una
continuidad de ocho sin que se enciendan las alarmas institucionales?
La secuencia está documentada. Seguí había accedido al
puesto mediante un concurso público de antecedentes y oposición. El esquema
original establecía mandatos de dos años prorrogables. En agosto de 2025, el
Consejo Asesor de la Magistratura aprobó el Acuerdo N.º 82/2025, que habilitó
períodos de hasta diez años. Días después, la Resolución de Presidencia N.º
256/2025 dispuso la prórroga por ocho años.
La propia resolución fundamentó la decisión en la necesidad
de garantizar la continuidad de los proyectos académicos de la Escuela
Judicial.
Cuando modificar las reglas no elimina las
preguntas
Una cosa es tener facultades para modificar una regla y
otra muy distinta es pretender que cualquier decisión adoptada al amparo de esa
facultad resulte razonable por definición.
Primero se cambia el criterio. Después se utiliza ese nuevo
criterio para extender un mandato durante ocho años. Todo bajo el paraguas de
las atribuciones institucionales. ¿Es suficiente invocar la continuidad de un
proyecto para justificar semejante extensión? ¿Por qué ocho años? ¿Qué impedía
evaluar otras alternativas? ¿Por qué no convocar a un nuevo concurso?
Son preguntas elementales. No constituyen un ataque a la
Justicia. Constituyen el tipo de preguntas que una sociedad debería poder
hacerle a cualquier organismo público, y más aún a uno que interviene en la
formación de quienes mañana tendrán la responsabilidad de administrar justicia.
La institución que debe enseñar a respetar las
reglas
La Escuela Judicial no es una oficina cualquiera. Allí se
forman aspirantes a la magistratura. Se supone que es un ámbito donde se
aprende a respetar las reglas, a fundamentar las decisiones y a comprender que
el poder tiene límites.
¿Qué mensaje transmite una institución que prolonga por
ocho años un cargo cuyo plazo original era de dos?
El problema excede a una persona. No se trata de discutir
los antecedentes académicos de Seguí ni de atribuirle intenciones que no están
demostradas. Se trata de examinar una práctica institucional: la posibilidad de
modificar las reglas y ampliar los plazos de permanencia hasta convertir una
decisión excepcional en una cuestión difícil de cuestionar desde adentro.
La Justicia no puede exigirles a los demás un rigor que no
está dispuesta a aplicarse a sí misma. No puede reclamar transparencia mientras
sus propias decisiones quedan envueltas en tecnicismos que pocos ciudadanos
conocen. Y no puede pretender que la sociedad confíe ciegamente en sus
procedimientos cuando decisiones de esta magnitud merecen explicaciones mucho
más convincentes que una invocación genérica a la continuidad académica.
¿Quién controla a quienes controlan?
No hay que confundir una facultad formal con un cheque en
blanco. Tampoco corresponde afirmar que hubo ilegalidad sin analizar las normas
y los antecedentes completos. Pero el debate institucional está planteado y las
autoridades tienen la responsabilidad de responderlo.
La Justicia debería ser el primer lugar donde las reglas se
respetan sin atajos, donde los cargos no se convierten en espacios de
permanencia indefinida y donde los procedimientos importan tanto como los
resultados.
Cuando eso no ocurre, la pregunta deja de ser cuánto dura
un mandato. La pregunta es quién controla a quienes están acostumbrados a
controlar a los demás.
Porque si hasta la Justicia empieza a estirar las reglas
cuando le conviene, ¿con qué autoridad puede exigirles a los demás que las
cumplan?



