Una
espantosa sensación de infinita tristeza me invade al escribir estas líneas. Lo
que estamos viviendo, no por previsible, resulta menos penoso.
Ya en
pandemia advertí una sintomatología preocupante que estaba empoderándose de los
líderes mundiales. Reconocía situaciones que iban conformando un conjunto de
circunstancias que merecían ser analizadas, por su analogía con los sucesos que
derivaron en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial a mediados del siglo
pasado.
Escribí una
novela ficcional, pero con bases históricas, describiendo el conjunto de hechos
que confluyeron necesariamente para que el mundo ingresara en la locura.
“Hitler, un
pecado colectivo” fue un frustrado intento de llamar la atención, por vía
indirecta, para alertar sobre las cosas que podrían llegar a acontecer si la
irracionalidad se propagaba entre los gobernantes de los estados más poderosos
del mundo.
Con
muchísima más autoridad moral y relevancia jerárquica, el Papa Francisco
advirtió reiteradamente la peligrosidad malsana de un estado de beligerancia
permanente que nos colocaba en la antesala de la Tercera Guerra Mundial.
La
advertencia cayó en saco roto. Sus rasgos cuasi apocalípticos la tornaban
inverosímil.
No obstante,
los peores vaticinios se fueron cumpliendo y la espiral de violencia
internacional ha adquirido proporciones trágicas.
Cuando
escribía mi novela, de alguna manera me sumergí en el drama humano individual.
No era una fría narrativa histórica plagada de cifras y datos. Era un intento
de aproximación empática al individuo singular, de carne y hueso, que fue
protagonista de la tragedia. No me importaron los números, me estremecía la
liviandad grosera con que se exterminaba la vida individual, única e
intransferible, de aquellos que fueron víctimas de la barbarie desatada por el
hombre contra sus semejantes.
Por
aproximación racional y vestigios de fe, puedo considerarme creyente y de los
pliegues de mi mente surge una convicción íntima de que la vida tiene sentido y
que existe algún vestigio de trascendencia del que estamos imbuidos.
En el
mientras tanto, nuestras existencias transcurren en los confines miserablemente
insignificantes de nuestra corporeidad, única percepción consciente que
nuestros sentidos limitados pueden apreciar fácilmente.
Es
comprensible entonces que la Muerte sea un confín infranqueable, un punto final
que nos intimida y nos aferramos a la vida con uñas y dientes.
La
perspectiva funesta de que el dolor y la aniquilación provengan del resultado
de una guerra que deciden otros sin consultarnos, me resulta horrorosa.
El hecho de
que seres humanos provistos de un poder inmenso y desprovistos de todo tipo de
misericordia y sentido humanitario jueguen a la guerra con el pellejo ajeno es
absolutamente repudiable.
En tiempos
de tecnología inhumana, el hecho militar es una narrativa que miramos por
televisión, que nos llega por tik-tok, y que observamos con frialdad
desapasionada en una pequeña pausa entre nuestras labores cotidianas y el
disfrute de un espectáculo artístico o deportivo.
El desdén
emocional con que recibimos las noticias de gente que ordena matar otra gente,
es humanamente comprensible, pero racionalmente detestable.
Los sucesos
nos parecen remotos, y la indiferencia es un recurso válido para evitar que lo
que acontece nos afecte. Hasta ese punto puedo llegar a entender. Pero lo que
escapa a mi entendimiento es la brutal banalización que se hace de la guerra en
los cafés de los “sabelotodos” o la liviandad con que se analizan en los medios
de comunicación los sucesos, con juicios de valor precedidos de prejuicios y
que encubren intereses muy turbios y no siempre explícitos.
Si en el
café de la esquina una persona habla de una bomba, o de un misil, o de drones,
tiene que saber que esta hablando de vidas que son mutiladas, de existencias
que se apagan sin sentido, del dolor de familias que se ven desgarradas.
Es por eso
que me parece repugnante todo lo que está pasando entre Estados Unidos, Israel
e Irán.
No quiero
bajo ningún concepto caer en la trampa de discutir las razones que impulsan a
los protagonistas del conflicto. No es mi deseo atribuir responsabilidades ni
entrar en las motivaciones reales y falsas que esgrimen los protagonistas para
matar.
Mi objetivo
es otro. Hoy solo quiero demostrar mi rabia, mi impotencia, mi infinito dolor
por una guerra nueva que se inicia y por los muertos que ya se está cobrando la
violencia desatada.
Hay una
palabra en inglés que he aprendido a aborrecer. Es la palabra “casualties” que
en castellano podría traducirse como “damnificados casuales, indirectos
perjudicados por hechos de los que no eran responsables”.
Ese vocablo
aparece con frecuencia en boca de los señores de la guerra, esos que disparan
misiles a distancia y envían soldados a matarse en tierras lejanas.
Con esa
palabra perversa y llenos de indiferencia cruel se refieren a las víctimas
inocentes cuyas vidas se ven salvajemente aniquiladas como consecuencia de los
actos de guerra.
No me
importa que se trate de niñas de un colegio iraní, de entre 5 y 12 años de
edad, que concurrieron ese fatídico día a desarrollar sus actividades
habituales y se vieron sorprendidas por la caída de una bomba siniestra que
impactó sobre sus cabezas matándolas entre escombros, aullidos de angustia y
nubes de polvo. No me interesa que sea el caso de los funcionarios de la Embajada
de Estados Unidos en Arabia Saudita, que perdieron su vida ante el ataque
sorpresivo de un dron iraní enviado en represalia contra los bombardeos de
Teherán. Ni tampoco me parece necesario particularizar las muertes en calles
israelíes, libanesas, o en las guarniciones militares norteamericanas. Toda
muerte generada por la guerra es un espanto condenable.
La muerte
que produce una guerra es espantosa, abominable. Que los seres humanos utilicen
la tecnología para matarse a distancia con frialdad pasmosa, me parece
vergonzoso.
Para colmo
de males, la desinformación es atributo esencial del conflicto bélico. Las
razones verdaderas se encubren, la verdad es la primera derrotada y la
objetividad no existe más.
El hombre
parece no haber aprendido de sus errores colectivos. La memoria histórica cae
inmersa en una somnolencia olvidadiza. La masacre de más de un centenar de
millones de personas perpetrada entre las dos grandes guerras mundiales, no ha
servido para evitar que el mundo recurrentemente se mantenga en estado de
confrontación militar.
Y las
excusas son las mismas de siempre, expansión territorial, control de los
recursos naturales, afán de imponer al otro nuestra propia identidad cultural,
etc.
Pero
siempre, en la superficie o discretamente disfrazada con ropajes inverosímiles,
la verdadera razón de la muerte programada es el dinero.
El dinero
del petróleo, y el manejo comercial del mundo están detrás de todo lo que
estamos viviendo.
Estas viejas
y bajas pasiones encuentran hoy además protagonistas estelares: líderes
patoteros, de modos rústicos, desapegados de toda vocación de respeto por el
derecho internacional, violadores seriales de la palabra empeñada y fanáticos
de dogmas que los insensibilizan ante el dolor ajeno.
En este
momento abundan los artículos y comentarios sesudos de analistas y profesores
de geopolítica. Expertos de toda índole pululan por todos los espacios
mediáticos posibles explicando las razones de lo sucedido, sus implicancias
presentes y advierten sobre las consecuencias probables de una escalada
vertiginosa de la guerra.
Yo no voy a
hacerlo, y no es porque no tenga conocimientos como para arriesgar
argumentaciones que sostengan mis posiciones. Todo lo contrario, lo que quiero
en estas líneas es dejar sentado como elemento básico de mi discurrir, un hecho
inobjetable: La guerra es el acto de barbarie más grosero y repudiable que los
seres humanos tenemos que padecer.
Mi pluma se
desliza entonces con la sola idea de expresar mi tristeza ante la tragedia, mi
estupor ante la imbecilidad humana y mi dolor por las vidas que se pierden y se
perderán para satisfacer oscuros intereses de personajes infames.
Sin matices
de ningún tipo. Condena total y absoluta a los que impulsan el odio y eligen el
asesinato masivo como método de resolución de los conflictos.
La Paz mundial
es el objetivo sacrosanto de todo hombre y mujer de buena voluntad. Todo lo que
atente contra esa Paz debe ser rechazado. No aceptemos excusas, que nadie nos
haga creer que matar es bueno. No hay buenos y malos en las guerras. Son
facciones que se matan con mayor o menor ferocidad y ninguna humanidad.
Dejemos la
geopolítica de lado y retomemos por un momento la antorcha de la fraternidad
humana. Despreciemos los guerreros y abramos paso en nuestras mentes a los
hombres que predican la paz y el diálogo, la cooperación solidaria entre los
humanos.
Mientras el
mundo se sumerge en un incendio fatal de misiles que surcan los aires en busca
de matar, en Argentina una especie de insensatez psicótica parece haberse
apoderado de nuestra clase política, en especial de quienes nos gobiernan y
debieran predicar con el ejemplo de sus conductas racionales.
Innecesariamente,
en un acto absurdo, Argentina toma partido en una guerra que no es suya.
Nuestro presidente y nuestra cancillería aplauden las bombas y festejan los
asesinatos. Un dolor profundo atraviesa mi espíritu al ver la frivolidad y la
parcialidad con que se expidieron nuestras autoridades. Inmersos en un
alineamiento sumiso, festejan cada bombardeo como si fuera propio, y cada
muerte como si se tratara de la del más enconado adversario. Se toma partido en
la barbarie, por fanatismo y por especulación política y económica.
Nuestra
política de neutralidad ha sido destrozada, y nos embarcamos gozosos en
declaraciones por una guerra que no es nuestra, y que, por lo menos yo, no
deseo que jamás nuestro pueblo tenga ni la más minúscula de las
participaciones.
Y en medio
de ese oscurecido panorama internacional en el que nos estamos metiendo sin
ninguna lógica y sin que a nadie le importara nuestra posición, apareció el
papelón del discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso de
la Nación Argentina.
Afiebrados
por una crisis psicótica que parece ser peligrosamente contagiosa, el
espectáculo brindado por el presidente de la nación, sus secuaces y sus
seguidores que coparon las tribunas de un acto que debiera ser ejemplo de lo
institucional, fue penoso.
Penoso,
patético, chabacano, vulgar, paranoico, esquizofrénico, violento, irracional,
tristísimo, etc. No hay adjetivo reprobable que podamos escatimar.
El bochorno,
al que contribuyó en parte una oposición desteñida, con irrupciones mal
educadas y de mal gusto, fue total y lapidario.
Pero fue
además deliberado. No creo ya en la espontaneidad absoluta de los desbordes
psicóticos de Milei. En el fondo de los mismos hay una decidida voluntad de
desjerarquizar las estructuras institucionales. El sainete de un Congreso
nacional expuesto al ridículo extremo, es un artilugio presidencial. Se mueve
Milei en esas aguas escabrosas con mucha comodidad y soltura. El insulto y la
descalificación son la especialidad a la que ha dedicado sus mejores esfuerzos.
Con su prepotencia alocada y sus gritos desaforados crea ex profeso un clima
patético que termina envolviendo a todos los protagonistas del quehacer
político en un patetismo extremo donde el único loco que sale bien parado es el
presidente. Sus desplantes aberrantes son perdonados por sus seguidores, aún
los más instruidos, como si se tratara de simples berrinches de un nene mal
criado.
La guerra
internacional y la psicosis nacional con ribetes mamarrachescos han copado una
semana intensa y plena de desconcertantes novedades.
La realidad
me ha demostrado tener argumentos más inverosímiles que la ficción, a la que
desborda con la imprevisibilidad contundente de hechos impensados.
Si a mí
alguien me hubiera profetizado hace unos años que un Presidente de los Estados
Unidos, autoproclamados guardianes de las libertades mundiales, iba a
secuestrar un presidente extranjero bombardeando la capital de otro país para
decir sin eufemismos que el objetivo buscado era apropiarse del petróleo y los
recursos naturales, hubiera pensado que se trataba de una exageración
improbable.
Si me
dijeran que ese mismo presidente iba a ordenar bombardeos sobre otro país
extranjero, en medio de negociaciones diplomáticas en curso, y a traición,
hubiera dicho que era impensable.
Si me hubieran
anunciado que estos hechos se consumarían sin declaración previa de guerra y
sin autorización del Congreso, me hubiera negado a creerle.
Si alguien
me hubiera sugerido que los hijos de las víctimas del Holocausto se
transformarían de víctimas en victimarios y perpetrarían contra sus semejantes
actos de barbarie horrorosos como los que se desarrollan para oprobio de la
humanidad en la Franja de Gaza, lo habría considerado una salvajada
inconcebible.
Si me
hubieran dicho que Argentina tendría un Presidente que insultaría a medio mundo
a los gritos en medio de la inauguración de las sesiones del Congreso, con el
desenfreno típico de una persona desquiciada, también hubiera dicho que jamás
podría ser testigo de algo parecido.
Si me
hubieran contado que mi país iba a votar en contra de las resoluciones por la
Paz y a favor del uso de la tortura como método de extracción de información en
las Asambleas de las Naciones Unidas, o que nos íbamos a encolumnar de manera
irracional para aplaudir las violaciones más torpes al derecho internacional o
bombardeos de guerras que no nos pertecen, probablemente hubiera puesto el
grito en el cielo y me habría negado a creerlo posible.
Pero dicen
que la realidad supera la ficción.
Y ante el
cruel desborde fáctico de lo real, solo nos queda insistir sin descansos en la
propagación de un mensaje cristiano. Cristo no es otra cosa que el portavoz del
intento más extraordinario de la humanidad por hacer de la Paz y el Amor los
ejes imprescindibles que aseguren una convivencia armónica entre los hombres de
buena voluntad…




