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Tu Planeta: Cuando la realidad supera la ficción
05/03/2026 | 59 visitas
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Penoso, patético, chabacano, vulgar, paranoico, esquizofrénico, violento, irracional, tristísimo, etc. No hay adjetivo reprobable que podamos escatimar.

 SISTO TERÁN NOUGUÉS

 

Una espantosa sensación de infinita tristeza me invade al escribir estas líneas. Lo que estamos viviendo, no por previsible, resulta menos penoso.

 

Ya en pandemia advertí una sintomatología preocupante que estaba empoderándose de los líderes mundiales. Reconocía situaciones que iban conformando un conjunto de circunstancias que merecían ser analizadas, por su analogía con los sucesos que derivaron en la tragedia de la Segunda Guerra Mundial a mediados del siglo pasado.

 

Escribí una novela ficcional, pero con bases históricas, describiendo el conjunto de hechos que confluyeron necesariamente para que el mundo ingresara en la locura.

 

“Hitler, un pecado colectivo” fue un frustrado intento de llamar la atención, por vía indirecta, para alertar sobre las cosas que podrían llegar a acontecer si la irracionalidad se propagaba entre los gobernantes de los estados más poderosos del mundo.

 

Con muchísima más autoridad moral y relevancia jerárquica, el Papa Francisco advirtió reiteradamente la peligrosidad malsana de un estado de beligerancia permanente que nos colocaba en la antesala de la Tercera Guerra Mundial.

 

La advertencia cayó en saco roto. Sus rasgos cuasi apocalípticos la tornaban inverosímil.

 

No obstante, los peores vaticinios se fueron cumpliendo y la espiral de violencia internacional ha adquirido proporciones trágicas.

 

Cuando escribía mi novela, de alguna manera me sumergí en el drama humano individual. No era una fría narrativa histórica plagada de cifras y datos. Era un intento de aproximación empática al individuo singular, de carne y hueso, que fue protagonista de la tragedia. No me importaron los números, me estremecía la liviandad grosera con que se exterminaba la vida individual, única e intransferible, de aquellos que fueron víctimas de la barbarie desatada por el hombre contra sus semejantes.

 

Por aproximación racional y vestigios de fe, puedo considerarme creyente y de los pliegues de mi mente surge una convicción íntima de que la vida tiene sentido y que existe algún vestigio de trascendencia del que estamos imbuidos.

 

En el mientras tanto, nuestras existencias transcurren en los confines miserablemente insignificantes de nuestra corporeidad, única percepción consciente que nuestros sentidos limitados pueden apreciar fácilmente.

 

Es comprensible entonces que la Muerte sea un confín infranqueable, un punto final que nos intimida y nos aferramos a la vida con uñas y dientes.

 

La perspectiva funesta de que el dolor y la aniquilación provengan del resultado de una guerra que deciden otros sin consultarnos, me resulta horrorosa.

 

El hecho de que seres humanos provistos de un poder inmenso y desprovistos de todo tipo de misericordia y sentido humanitario jueguen a la guerra con el pellejo ajeno es absolutamente repudiable.

En tiempos de tecnología inhumana, el hecho militar es una narrativa que miramos por televisión, que nos llega por tik-tok, y que observamos con frialdad desapasionada en una pequeña pausa entre nuestras labores cotidianas y el disfrute de un espectáculo artístico o deportivo.

 

El desdén emocional con que recibimos las noticias de gente que ordena matar otra gente, es humanamente comprensible, pero racionalmente detestable.

 

Los sucesos nos parecen remotos, y la indiferencia es un recurso válido para evitar que lo que acontece nos afecte. Hasta ese punto puedo llegar a entender. Pero lo que escapa a mi entendimiento es la brutal banalización que se hace de la guerra en los cafés de los “sabelotodos” o la liviandad con que se analizan en los medios de comunicación los sucesos, con juicios de valor precedidos de prejuicios y que encubren intereses muy turbios y no siempre explícitos.

 

Si en el café de la esquina una persona habla de una bomba, o de un misil, o de drones, tiene que saber que esta hablando de vidas que son mutiladas, de existencias que se apagan sin sentido, del dolor de familias que se ven desgarradas.

 

Es por eso que me parece repugnante todo lo que está pasando entre Estados Unidos, Israel e Irán.

 

No quiero bajo ningún concepto caer en la trampa de discutir las razones que impulsan a los protagonistas del conflicto. No es mi deseo atribuir responsabilidades ni entrar en las motivaciones reales y falsas que esgrimen los protagonistas para matar.

 

Mi objetivo es otro. Hoy solo quiero demostrar mi rabia, mi impotencia, mi infinito dolor por una guerra nueva que se inicia y por los muertos que ya se está cobrando la violencia desatada.

 

Hay una palabra en inglés que he aprendido a aborrecer. Es la palabra “casualties” que en castellano podría traducirse como “damnificados casuales, indirectos perjudicados por hechos de los que no eran responsables”.

 

Ese vocablo aparece con frecuencia en boca de los señores de la guerra, esos que disparan misiles a distancia y envían soldados a matarse en tierras lejanas.

 

Con esa palabra perversa y llenos de indiferencia cruel se refieren a las víctimas inocentes cuyas vidas se ven salvajemente aniquiladas como consecuencia de los actos de guerra.

 

No me importa que se trate de niñas de un colegio iraní, de entre 5 y 12 años de edad, que concurrieron ese fatídico día a desarrollar sus actividades habituales y se vieron sorprendidas por la caída de una bomba siniestra que impactó sobre sus cabezas matándolas entre escombros, aullidos de angustia y nubes de polvo. No me interesa que sea el caso de los funcionarios de la Embajada de Estados Unidos en Arabia Saudita, que perdieron su vida ante el ataque sorpresivo de un dron iraní enviado en represalia contra los bombardeos de Teherán. Ni tampoco me parece necesario particularizar las muertes en calles israelíes, libanesas, o en las guarniciones militares norteamericanas. Toda muerte generada por la guerra es un espanto condenable.

 

La muerte que produce una guerra es espantosa, abominable. Que los seres humanos utilicen la tecnología para matarse a distancia con frialdad pasmosa, me parece vergonzoso.

 

Para colmo de males, la desinformación es atributo esencial del conflicto bélico. Las razones verdaderas se encubren, la verdad es la primera derrotada y la objetividad no existe más.

 

El hombre parece no haber aprendido de sus errores colectivos. La memoria histórica cae inmersa en una somnolencia olvidadiza. La masacre de más de un centenar de millones de personas perpetrada entre las dos grandes guerras mundiales, no ha servido para evitar que el mundo recurrentemente se mantenga en estado de confrontación militar.

 

Y las excusas son las mismas de siempre, expansión territorial, control de los recursos naturales, afán de imponer al otro nuestra propia identidad cultural, etc.

 

Pero siempre, en la superficie o discretamente disfrazada con ropajes inverosímiles, la verdadera razón de la muerte programada es el dinero.

 

El dinero del petróleo, y el manejo comercial del mundo están detrás de todo lo que estamos viviendo.

 

Estas viejas y bajas pasiones encuentran hoy además protagonistas estelares: líderes patoteros, de modos rústicos, desapegados de toda vocación de respeto por el derecho internacional, violadores seriales de la palabra empeñada y fanáticos de dogmas que los insensibilizan ante el dolor ajeno.

 

En este momento abundan los artículos y comentarios sesudos de analistas y profesores de geopolítica. Expertos de toda índole pululan por todos los espacios mediáticos posibles explicando las razones de lo sucedido, sus implicancias presentes y advierten sobre las consecuencias probables de una escalada vertiginosa de la guerra.

 

Yo no voy a hacerlo, y no es porque no tenga conocimientos como para arriesgar argumentaciones que sostengan mis posiciones. Todo lo contrario, lo que quiero en estas líneas es dejar sentado como elemento básico de mi discurrir, un hecho inobjetable: La guerra es el acto de barbarie más grosero y repudiable que los seres humanos tenemos que padecer.

 

Mi pluma se desliza entonces con la sola idea de expresar mi tristeza ante la tragedia, mi estupor ante la imbecilidad humana y mi dolor por las vidas que se pierden y se perderán para satisfacer oscuros intereses de personajes infames.

 

Sin matices de ningún tipo. Condena total y absoluta a los que impulsan el odio y eligen el asesinato masivo como método de resolución de los conflictos.

 

La Paz mundial es el objetivo sacrosanto de todo hombre y mujer de buena voluntad. Todo lo que atente contra esa Paz debe ser rechazado. No aceptemos excusas, que nadie nos haga creer que matar es bueno. No hay buenos y malos en las guerras. Son facciones que se matan con mayor o menor ferocidad y ninguna humanidad.

 

Dejemos la geopolítica de lado y retomemos por un momento la antorcha de la fraternidad humana. Despreciemos los guerreros y abramos paso en nuestras mentes a los hombres que predican la paz y el diálogo, la cooperación solidaria entre los humanos.

 

Mientras el mundo se sumerge en un incendio fatal de misiles que surcan los aires en busca de matar, en Argentina una especie de insensatez psicótica parece haberse apoderado de nuestra clase política, en especial de quienes nos gobiernan y debieran predicar con el ejemplo de sus conductas racionales.

 

Innecesariamente, en un acto absurdo, Argentina toma partido en una guerra que no es suya. Nuestro presidente y nuestra cancillería aplauden las bombas y festejan los asesinatos. Un dolor profundo atraviesa mi espíritu al ver la frivolidad y la parcialidad con que se expidieron nuestras autoridades. Inmersos en un alineamiento sumiso, festejan cada bombardeo como si fuera propio, y cada muerte como si se tratara de la del más enconado adversario. Se toma partido en la barbarie, por fanatismo y por especulación política y económica.

 

Nuestra política de neutralidad ha sido destrozada, y nos embarcamos gozosos en declaraciones por una guerra que no es nuestra, y que, por lo menos yo, no deseo que jamás nuestro pueblo tenga ni la más minúscula de las participaciones.

 

Y en medio de ese oscurecido panorama internacional en el que nos estamos metiendo sin ninguna lógica y sin que a nadie le importara nuestra posición, apareció el papelón del discurso de inauguración de las sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina.

 

Afiebrados por una crisis psicótica que parece ser peligrosamente contagiosa, el espectáculo brindado por el presidente de la nación, sus secuaces y sus seguidores que coparon las tribunas de un acto que debiera ser ejemplo de lo institucional, fue penoso.

 

Penoso, patético, chabacano, vulgar, paranoico, esquizofrénico, violento, irracional, tristísimo, etc. No hay adjetivo reprobable que podamos escatimar.

 

El bochorno, al que contribuyó en parte una oposición desteñida, con irrupciones mal educadas y de mal gusto, fue total y lapidario.

 

Pero fue además deliberado. No creo ya en la espontaneidad absoluta de los desbordes psicóticos de Milei. En el fondo de los mismos hay una decidida voluntad de desjerarquizar las estructuras institucionales. El sainete de un Congreso nacional expuesto al ridículo extremo, es un artilugio presidencial. Se mueve Milei en esas aguas escabrosas con mucha comodidad y soltura. El insulto y la descalificación son la especialidad a la que ha dedicado sus mejores esfuerzos. Con su prepotencia alocada y sus gritos desaforados crea ex profeso un clima patético que termina envolviendo a todos los protagonistas del quehacer político en un patetismo extremo donde el único loco que sale bien parado es el presidente. Sus desplantes aberrantes son perdonados por sus seguidores, aún los más instruidos, como si se tratara de simples berrinches de un nene mal criado.

 

La guerra internacional y la psicosis nacional con ribetes mamarrachescos han copado una semana intensa y plena de desconcertantes novedades.

 

La realidad me ha demostrado tener argumentos más inverosímiles que la ficción, a la que desborda con la imprevisibilidad contundente de hechos impensados.

 

Si a mí alguien me hubiera profetizado hace unos años que un Presidente de los Estados Unidos, autoproclamados guardianes de las libertades mundiales, iba a secuestrar un presidente extranjero bombardeando la capital de otro país para decir sin eufemismos que el objetivo buscado era apropiarse del petróleo y los recursos naturales, hubiera pensado que se trataba de una exageración improbable.

 

Si me dijeran que ese mismo presidente iba a ordenar bombardeos sobre otro país extranjero, en medio de negociaciones diplomáticas en curso, y a traición, hubiera dicho que era impensable.

 

Si me hubieran anunciado que estos hechos se consumarían sin declaración previa de guerra y sin autorización del Congreso, me hubiera negado a creerle.

 

Si alguien me hubiera sugerido que los hijos de las víctimas del Holocausto se transformarían de víctimas en victimarios y perpetrarían contra sus semejantes actos de barbarie horrorosos como los que se desarrollan para oprobio de la humanidad en la Franja de Gaza, lo habría considerado una salvajada inconcebible.

 

Si me hubieran dicho que Argentina tendría un Presidente que insultaría a medio mundo a los gritos en medio de la inauguración de las sesiones del Congreso, con el desenfreno típico de una persona desquiciada, también hubiera dicho que jamás podría ser testigo de algo parecido.

 

Si me hubieran contado que mi país iba a votar en contra de las resoluciones por la Paz y a favor del uso de la tortura como método de extracción de información en las Asambleas de las Naciones Unidas, o que nos íbamos a encolumnar de manera irracional para aplaudir las violaciones más torpes al derecho internacional o bombardeos de guerras que no nos pertecen, probablemente hubiera puesto el grito en el cielo y me habría negado a creerlo posible.

 

Pero dicen que la realidad supera la ficción.

 

Y ante el cruel desborde fáctico de lo real, solo nos queda insistir sin descansos en la propagación de un mensaje cristiano. Cristo no es otra cosa que el portavoz del intento más extraordinario de la humanidad por hacer de la Paz y el Amor los ejes imprescindibles que aseguren una convivencia armónica entre los hombres de buena voluntad…

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